Salir como escoria por el Mariel (1980)[1]

Jesús J. Barquet

Y finalmente en 1980 logré salir al exilio como parte del masivo Éxodo del Mariel por la vía que resultaba más factible, ventajosa y expedita: la ‘escoria social’. Vocablos o etiquetas como escoria, apátrida, burgués, pequeñoburgués, traidor, lacayo o títere del imperialismo yanqui y gusano (variante castrista de lo que Hitler denominaba alimaña), conforman en Cuba la denigrante terminología fascistocomunista en contra de los opositores y los indoblegables o desafectos al régimen. Infectada de tales “apelativos derogatorios”, la población los repite ad nauseam y con agresividad en los mítines, los Actos de Repudio, “los coritos en la plaza y las comparsas arrollando en las calles con su entusiasta paso de conga” (Ferrer 69). Hasta prosocialistas extranjeros emplean ese lenguaje al referirse a la disidencia cubana.

En Cuba, tales vocablos humillantes y neoconceptos como docentismo y combatividad revolucionaria eran parte del programado “lenguaje totalitario o neolengua” descrito por George Orwell y utilizado por nazis y comunistas para “manipular las mentes de las personas” (Kaiser 35). Otra neolengua de fáciles estigmas léxicos (xenófobo, racista, supremacista, homófobo), neoconceptos polémicos (hombre cis, reafirmación de sexo, persona inseminada), neopronombres caprichosos (elle; en inglés, zie), imposiciones oficiales que fuerzan la gramaticalidad y una proliferación lingüística no exenta de neoartículos y neosustantivos (unes niñes, les chiques) que, por ir en contra de la consabida economía del lenguaje, suele ser incongruente (los niñas, las niñas y les niñes deben sentarse y mantenerse callados [cuando debiera añadir ‘calladas’ y ‘callades’]), busca imponerse hoy en el Mundo Occidental bajo la tutela de lo pol’iticamente correcto, lo woke y la intromisión de politizadas y cuestionables especulaciones académicas en la vida cotidiana.

Desprecio e intolerancia marcan el concepto de escoria que el comunista Gaspar Jorge García Galló emplea en 1964 para referirse a los trabajadores que incumplen o le roban al Estado: con estos, “no se puede construir el socialismo. Ellos son la escoria. Y para formar el acero siempre nos queda alguna escoria, muy difícil de aprovechar. Lo importante es el acero. La escoria se barre después de separarla del buen metal” (49). Es sintomático el uso del verbo ‘aprovechar’: común al comunista es valorar al otro por su utilidad presente o futura, real o potencial, para la Causa. De no hallarlo útil sino nocivo, obstructivo o rebelde, el otro debe ser barrido, borrado o eliminado, pues no contribuye a la construcción del socialismo. Pero la etiqueta de escoria no se redujo a lo indicado por García Galló, sino que abarcó a otros sectores de la población (homosexuales incluidos), se volvió consigna durante el Éxodo del Mariel (¡Que se vaya la escoria!) y el utilitarista Máximo Líder Fidel Castro [en adelante, ML] la implicó en su excluyente discurso de mayo de 1980: “No los queremos, no los necesitamos”.

Minifestantes cubanos contra los emigrantes del Mariel

La otra vía posible de salida por el Mariel, la de ‘reclamación familiar’, conllevaba no sólo numerosas trabas laborales y profesionales difíciles de vencer, sino también daños materiales, físicos y sicológicos tanto para el reclamado como para sus familiares, debido a los violentos y oprobiosos Actos de Repudio que el régimen promovía frente a las casas, en las calles y en los centros de trabajo o estudio de quienes, al salir por la vía familiar, ponían en evidencia sus deseos de emigrar. En tales actos, el régimen conminaba a participar a trabajadores, estudiantes y vecinos, incluidos los menores de edad, según recuerda Ferrer: “a los doce [años], y un día de abril de 1980, azuzado por el profesor de Educación Física, acosé como parte de una manada de pioneros a dos hombres que habían acudido al Conservatorio […] a solicitar la baja laboral para escapar de Cuba por el puerto de Mariel” (236). En la Academia San Alejandro, Juan Abreu vio la hoguera en que, “en medio del clamor general”, se habían quemado los cuadros de unos estudiantes que, junto con 10 700 personas, se habían refugiado en la Embajada del Perú (263), lo cual dio lugar al caos nacional que llevó al Éxodo del Mariel.

Por la vía familiar, los trámites de salida eran públicos en el barrio, pues los agentes venían a tu casa a informarte que un familiar tuyo había llegado al Mariel para reclamarte y se esperaba de ti una tajante decisión. Si escogías irte, tenías que solicitar en persona la baja laboral o educacional. Todo ello permitía que tus superiores y los CDR movilizaran con tiempo a tus vecinos y compañeros de trabajo o estudio para hacerles cumplir con sus combativos deberes revolucionarios de repudiarte, es decir, propinarte insultos, vejarte y arrastrarte por las calles, ponerte letreros injuriosos, tirarte piedras y huevos a ti y a tu casa.[2]  En un país marcado por la cotidiana carencia y el estricto racionamiento de todos los alimentos, la repentina y cuantiosa disponibilidad de huevos durante este éxodo se debió a que de pronto, malintencionadamente, los huevos “comenzaron a venderse por la libre” [léase ‘fuera de la libreta de racionamiento’], según recuerda Rubén Galán Pino (37).

Se llegó a rumorear que, en el caso de los graduados universitarios que optaban por la vía familiar, el permiso de salida podía dificultarse y los parientes en el extranjero tenían que abonar unos 5 000 dólares por la carrera: era el típico rescate que un raptor pide por sus rehenes. Esto, verdadero o no, podía afectar mi salida por la vía familiar. Ni lugar ni tiempo había para verificar todos los rumores, ni la escasa prensa disponible se encargaba de desmentirlos e informar fehacientemente, pero sí vi en las calles y en las casas los oficialistas Actos de Repudio: ver un Estado implantando, justificando y normalizando la violencia física y verbal entre sus ciudadanos, y a estos entregados ciegamente a tal Armagedón, fue suficiente para que confirmara mi idea de exiliarme. Conviene aclarar que los Actos de Repudio no comenzaron en Cuba en 1980: desde los 60, numerosos testimonios de exiliados, opositores políticos y religiosos (católicos, Testigos de Jehová) confirman haberlos padecido. Y en el presente continúan aún.

Poco después, ver el sadismo de los guardias y soldados encargados de vigilarnos mientras esperábamos ser llamados a los botes —sin apenas comida ni higiene, éramos miles durmiendo sobre las rocas junto al mar por varios días en un descampado con el apropiado nombre de El Mosquito—, ver a los soldados insultarnos, intimidarnos con sus bayonetas y, sobre todo, azuzar a los perros policía contra nosotros, ratificó mi decisión de irme del país: era obvio que el cuerpo policial y militar, así como los perros, no habían sido entrenados para aplastar al fantasmagórico enemigo yanqui, sino para reprimir al propio pueblo. Como en la granja de Orwell, los perros eran parte de la represión. A similar conclusión llegó el marielito Reinaldo García Ramos cuando escribió que “lo más aterrador” en El Mosquito fueron los perros: “Estaban muy bien amaestrados, eran la imagen misma del poder. No podían caer sobre nosotros aún, pero podían hacerlo en cualquier momento; bastaba con que el soldado interpretara erróneamente alguno de nuestros gestos […]. Ellos eran los amos, y nosotros sus miserables siervos” (139-140).

Aunque no fue mi caso, debo exponer la injusticia aplicada a la vía familiar. Si un bote con parientes del exterior llegaba reclamando a familias enteras, casi nunca el régimen permitía que salieran todos a la vez: de cada familia, unos salían y otros tenían que quedarse y esperar a que el pariente regresara en otro viaje, lo cual no siempre fue posible y, tras el cierre del Mariel, dejó familias divididas y a muchos varados en la Isla, llenos de incertidumbre por su futuro, sin sus previos empleos y estudios, y marcados como contrarrevolucionarios. No sé si la elección de quienes partirían dependía de la familia o del régimen. El primer caso anticipaba al filme La decisión de Sophie (1982); sin embargo, el segundo caso era más plausible y podía ser parte de un “monstruoso pero hábil plan” que, según Abreu, le aseguraba al régimen dos cosas:

Primero, un ejército de trabajadores que comenzarían al poco tiempo de instalarse en EUA, a enviar remesas de divisas constantes y sonantes que tan bien venían al arruinado gobierno. Segundo: se aseguraban el control de la mayoría de estos exiliados que no se manifestarían ¡en el extranjero! contra el régimen por temor a las represalias contra sus familias en la Isla. (300)

Bastan estas arbitrariedades e injusticias ocurridas durante el Éxodo del Mariel para desenmascarar la demagogia castrista cuando dice preocuparse por la reunificación familiar. Desde 1959 el castrocomunismo ha sido la causa mayor de la división de la familia cubana.

De la vía familiar el régimen extrajo varios beneficios: los parientes exiliados corrieron con todo el gasto relacionado con un éxodo masivo que le sirvió al gobierno para librarse de la presión que significaban no sólo miles de desafectos al régimen (meses antes de los sucesos de la Embajada del Perú, habían aparecido grafitis anticastristas en muros y paradas de ómnibus), sino también la escoria: miles de antisociales, homosexuales, ex prisioneros y, lo que nadie sospechaba, delincuentes y enfermos mentales. Para esto último, en vez de llenar las embarcaciones con familiares reclamados, el gobierno las cargaba y hasta sobrecargaba con una escoria en la que, mediante coacción o impiedad, incluyó individuos que se hallaban en la cárcel por delitos comunes (robo, asesinato, violación) o en el manicomio. Aturdidos o tal vez drogados, los del manicomio se dejaban conducir dócilmente. Afrodescendientes en significativa cantidad, los presidiarios —malnutridos, pálidos, enceguecidos por el sol tras varios años de encierro— no parecían muy seguros del paso que, en no pocos casos, les habían obligado a dar debido a la amenaza de prolongarles la condena si no aceptaban irse. García Ramos recuerda a los presidiarios: “Llevaban amplios overoles grises y tenían aspecto sumiso, parecían autómatas adormecidos” (138).

En un mismo bote viajaban así unos cuantos reclamados con decenas o centenas de nosotros, los de la escoria. Si un reclamante o capitán de bote se negaba a transportar a tantos extraños que no estaban en sus peticiones, no le entregaban a sus reclamados y tenía que irse sin nadie, por lo que acababa aceptando. Y si el reclamante volvía en otro bote a buscar a los quedados, el gobierno repetía el chantaje.

Al centro del bote, por protección, iban sentados en el piso los ancianos, las mujeres, los niños y los enfermos mentales. Sentados o parados alrededor, en los bordes de la embarcación, íbamos los hombres adultos, incluidos los prisioneros. En mi bote, por estar los presos tan débiles y ofuscados que podían caerse al mar, el capitán nos pidió al resto de los hombres que los amarráramos con unas cuerdas a la borda y estuviéramos al tanto de ellos durante la travesía.

De presos comunes, enfermos mentales, homosexuales, negros y fragmentos de familias se despojaba, entre vítores y sin piedad, el justiciero y humanista sistema socialista, el cual esperaba, además, que en Estados Unidos de América [EUA] los delincuentes perjudicaran la imagen edulcorada del exitoso exilio cubano. Y en medio de las carencias habituales internas, el Éxodo del Mariel significó también para el régimen menos bocas que mal alimentar y muchas viviendas disponibles. […]

***

Pero volvamos a las formas de salida por el Mariel, éxodo este que superó con creces el de 1965 por el puerto de Camarioca.[3]  Muy pronto, los residentes de La Habana descubrimos que los trámites que hacían complicada e incierta la vía familiar eran evitables por la vía de la escoria antisocial: por esta vía, uno mismo podía iniciar los trámites en una ajena estación de policía y mantener en secreto, hasta el último minuto, la intención de irse; además, no necesitaba ninguna baja laboral o estudiantil, ya que, por definición, uno era un desvinculado social.

Para los que no contábamos con la trayectoria y la documentación real que te clasificaban automáticamente como escoria (despido laboral, denuncia del CDR, solicitud de salida del país, carta de libertad tras cumplir una condena penal), el problema era cómo construirnos y documentar una falsa, pero creíble, identidad de escoria y convencer con un apropiado performance a los agentes. Como yo, había miles de cubanos necesitando un documento que sin compasión nos difamara, y a la demanda respondió pronto la oferta de policías que te hacían y vendían por la izquierda la carta requerida, sin conocerte siquiera.

Embarcación hacia la florida durante el Éxodo del Mariel

Los que no vivían en La Habana tuvieron mayores obstáculos que los habaneros para salir como escoria: en un pueblo o ciudad pequeña donde todos se conocían resultaba más difícil inventarse una identidad antisocial. Y había que bregar después con la crónica carencia de transporte para llegar a La Habana, donde, por estar cerca del Mariel, se orquestaba el éxodo. Se rumoreaba que el gobierno había cancelado o dificultado los viajes para La Habana y que el mero hecho de aparecerse en una terminal de ómnibus sin una aceptable justificación era sospechoso. Al respecto, véase el testimonio del marielito camagüeyano Rolando Morelli.[4]

Para crear mi nueva identidad, la Providencia me facilitó el camino de la manera siguiente:

(1) Un policía de Centro Habana me vendió enseguida por 400 pesos —más de dos salarios mensuales— la carta infamante; en esta, y sin saber nada de mí, él hacía constar mi execrable condición humana: vago habitual, antisocial, desafecto al régimen o gusano, subescolarizado, marihuanero y homosexual. Sorprendida, mi madre no podía entender cómo yo (y miles como yo), que había tratado siempre de cumplir con los deberes sociales de estudio y trabajo, aceptaba ahora con triunfal alegría una carta tan humillante, pero a ese proceso de autovejación voluntaria nos había llevado sádicamente el castrismo, como mostró el marielito Miguel Correa en su novela Al norte del infierno (1984).

(2) Para ser coherente con la carta, yo debía residir en Centro Habana. En un giro providencial, sin pruebas legales, logré cambiar en mi carné de identidad mi dirección para la de un cuartico en la calle Maloja —de ver Carpentier esta calle en 1980, habría renunciado a su ficticio nacimiento en ella. Dicho carné era, explica García Ramos, “una especie de pasaporte interno de control que todos los cubanos debíamos tener” (120): además de los datos personales, en sus páginas se recogían, de forma sucesiva, las diferentes direcciones en que uno había residido y trabajado. Me mudé, así, para Maloja, donde por ser un desconocido a pesar de haber pasado allí tiempo con Manolo en los últimos meses, pude ser entonces quien según la carta yo era, aunque en varios aspectos no lo fuera. Hacer un cambio de residencia no era fácil en Cuba, pero cuando Manolo (que era muy atractivo y simpático) y yo llegamos a la cola de la oficina correspondiente, las dos chicas encargadas del trámite nos sacaron fiesta y, bajo promesa de darnos unos traguitos a la noche y quién sabe qué más, me hicieron el cambio en el carné en pocos minutos sin tener en cuenta la cola ni profundizar en los requisitos. Nada preguntaron sobre mi libreta de racionamiento, que continuaba en casa de mis padres en Plaza: tal discrepancia entre lugar de residencia y libreta de racionamiento era normal cuando uno estaba temporalmente albergado en otra ciudad o provincia, lo cual no era mi caso.

En todo centro laboral existía algún tipo de trueque basado en el dinero (cuando este tenía algún valor), el favor, o el robo al Estado dueño de todo. Por dinero, yo había obtenido la carta de difamación. Por hacerme un favor y esperar recibir otro, las empleadas desatendieron requisitos y el orden de la cola. Y el robo procedía así: si el obrero de una fábrica estatal de zapatos quería unos buenos tabacos y no tenía manera legal de conseguirlos, se robaba un par de zapatos de la fábrica y lo cambiaba por tabacos a quien trabajara en una tabaquería estatal e hiciera lo mismo. Hasta los administradores de fábrica participaban en el robo y el trueque. La oferta y demanda se establecía vox populi: ‘Oye, tengo un par de zapatos de hombre talla 42. ¿Sabes quién tenga tabacos de exportación?’ Así mismo, un bodeguero robaba en el peso de la cuota mensual de un producto a los clientes para revenderlo en bolsa negra. Por capricho personal o por necesidad de compensar salarios insuficientes y ‘resolver’, se degradaba a diario la ética laboral socialista al imponerse y normalizarse lo que Pablo Rodríguez Ruiz denominó “la economía del rebusque”, según explica Dmitri Prieto Samsónov:

quienes trabajan para el Estado aprovechan su puesto de trabajo para resolver, sustraer materiales, productos, robar en el peso a los clientes, entrar en el mundo del soborno, meter forros y hacer mil cambalaches, es decir, involucrarse en […] la economía del rebusque. ¿Qué búsqueda hay aquí? ¿Cómo se lo buscan aquí ustedes? Esas son preguntas habituales cuando alguien se acerca a un nuevo puesto de trabajo y valora su factibilidad para la economía personal y familiar. (26)

(3) Y, más providencial aún, en la verificación final para autorizar la salida, me tocó un agente que, en su ignorancia, interpretó mi continuada trayectoria profesional (registrada en el carné y difícil de alterar) de forma alucinante, pero que me convino sin que yo tuviera que decir casi nada. Para dicho agente, los vocablos ‘instructor’, ‘asesor’ y ‘realizador’ que aparecían en la sección laboral de mi carné se referían a trabajos no cualificados ni profesionales: ‘A ver, ciudadano —al pedir la salida, uno dejaba de ser compañero—, eso de instructor y asesor, ¿qué es?’, me preguntó confundido. ‘Que instruía, como que asesoraba cualquier cosa’, le respondí como si me faltaran las palabras: en esta parte de la entrevista estaba mi Talón de Aquiles, ya que se suponía que yo ni trabajaba ni tenía formación universitaria, así que mientras menos hablara y menos instruido pareciera, mejor. ‘Ah, como un ayudante de albañil. Y esto de realizador sería lo mismo, ¿no?: que realizaba lo que fuera’, eran sus magníficas deducciones. ‘Sí, cargar una luz, llevar café, lo que me pidieran’, corroboré esperanzado. Si en vez de instructor, en mi carné hubieran escrito ‘profesor’, y, si en vez de asesor y realizador, hubieran escrito ‘director’ (dos términos de más lustre social), otro habría sido mi destino. Me resultó gracioso entonces recordar que los realizadores cinematográficos del CINED, mucho antes de que yo trabajara allí, llevaban tiempo pidiendo, sin conseguirlo, que en nuestros carnés se registrara ‘director de cine’ en vez de ‘realizador’.

Para mi salvación, mi vida, destinada a las letras, dependió allí de esas tres deslucidas palabras. O de cuatro: Sola. Por haber pasado allí mi primer año de Servicio Social, Sola aparecía también en mi carné. Al trasladarme en 1977 a la ciudad de Camagüey para impartir Latín, no cambié ese dato, porque no residir en la urbe me permitía alquilar un cuarto en sus hoteles y, en realidad, mi filiación al Pedagógico seguía siendo la misma. Para mi beneficio y sorpresa, el agente resultó estar más informado que yo sobre la historia de Sola y vio mi permanencia allá como una prueba más de mi condición de escoria: ‘Mmmm, Sola… —me dijo—, ¿no era ahí donde metieron presos a los maricones?’ Se refería, con razón, a las UMAP,[5] de las cuales yo tenía escasísima información, ya que era un tema tabú. Y agregó con razón: ‘Allí metieron después a esos inútiles del Ejército Juvenil del Trabajo, ¿no? Y a ti te pusieron de instructor de ellos. Ja, ja, ja, ¡cualquiera era instructor de esas bestias!’ Yo, callado, pero sobrecogido viendo ante mí desplegarse a través del tiempo las sucesivas señales de un intrincado Plan Providencial que en ese momento decidió revelárseme: ¡mi paso seguro por aquellas desoladas tierras rojas no había sido en vano!

García Ramos, quien también era graduado en Letras y trabajaba como editor y redactor, recuerda una experiencia parecida en su entrevista final:

—Déjeme ver su carné de identidad […]. Aquí dice que usted tiene el cargo de redactor… ¿qué es lo que usted hace en su centro de trabajo? […]

Temí que agarrara un teléfono y llamara a mis jefes y averiguara en un santiamén que yo estaba considerado un profesional y que no podía irme así como así. Le solté lo primero que me vino a la mente:

—Na’, yo revisaba pruebas en una imprenta… […]

Comprendí que me jugaba el pellejo al responder a sus adivinanzas. (120-121)

Además de este chequeo, fue común a muchos que salimos como escoria el denigrante cuestionario sobre nuestras prácticas sexoafectivas. Los agentes, confabulándose entre sí, querían saber detalles íntimos, formas de acoplamiento, información sobre los lugares de ligue. Con risotadas y groserías, no lograban, sin embargo, ocultar el morbo que les daba la verbalización y hasta dramatización de lo que nos exigían decir y hacer ante ellos: ¿qué te gusta hacer?, ¿con qué mano la coges?, ¿dónde se reúnen?, camina un poco ahí para divertirnos.

Esta entrevista era decisiva. Ahora debía esperar en mi nuevo domicilio a las autoridades con la denegación o autorización de mi salida: ‘Y no salgas de la casa, que no regresan’. Durante los diez o doce días que esperé encerrado, tuve que lidiar con algo que podía echar abajo todo: el CINED. Por esas fechas, aquel que, sin justificación, no se personara en el trabajo, era sospechoso de estar planeando irse por el Mariel, así que los dirigentes y sindicatos (siempre al servicio del gobierno y no del trabajador) estaban en estado de alerta y yo temía que mi prolongada ausencia provocara interrogantes o denuncias que, basadas en mi verdadera identidad, obstruyeran mi viaje.

A partir del convulsivo refugio político de miles de cubanos en la Embajada del Perú en abril de 1980, los sindicatos debían delatar a los “ausentistas sospechosos” del centro laboral, según recuerda Galán Pino (15). Por suerte, en esos días yo trabajaba en la fase de investigación de campo para un futuro documental didáctico sobre el poeta Regino Pedroso, y para ello no necesitaba ir al CINED, sino investigar en bibliotecas de la ciudad y visitar y entrevistar a los individuos afines a su obra y persona. Bastaba con telefonear al centro cada mañana a las ocho para reportar mi plan del día y, por fortuna, el cuartico de Maloja contaba con el lujo de tener un teléfono. Me convino también que el CINED se hallara muy cerca de dicha embajada. En ese barrio, el régimen había concentrado su atención: acordonamiento militar, controles policíacos, marchas oficialistas de repudio, calles cerradas y dificultades y desvíos de transporte. Esas irregularidades servían de excusa a mis ausencias.

Crisis de la Embajada del Perú en abril de 1980

Pero más allá de mis válidas justificaciones, estuvo siempre la telefonista que recibía nuestros mensajes: aunque uno estuviera investigando fuera, no era correcto ausentarse tan seguido ni faltar a las reuniones obligatorias de rutina, así que, pasados los días, la telefonista llegó a decirme que no me preocupara si no podía asistir a tal o cual reunión, o si no conseguía llamar (hallar un teléfono público que funcionara constituía una rareza), que ella comprendía y se encargaría ‘de todo’. No le pregunté a qué se refería con esa frase, pero percibí en su voz un tono entre solidario y cómplice. Y, además, qué sorpresa, mientras esperaba en Maloja, despertarme un par de días y ver que, en silencio —como tenía que ser—, alguien me había dejado de regalo en la puerta una lata de leche condensada (otro lujo para la época, y todavía): alguien anónimo —quizás para no comprometerse— que seguro sabía que Manolo se había ido y que yo, por mi encierro, debía estar en similares asuntos.

Hay que recordar que, en un país donde la comida, además de escasa, era casi imposible de conseguir en la bodega o mercado sin mostrar la libreta de racionamiento, y donde malamente había restaurantes a mano (en la mayoría había que hacer una cola de horas, cuando no de días, para tener ‘derecho’ a una mesa y a un solo plato principal), resultaba difícil comer sin salir a la calle a resolver lo que fuera, como ha estado haciendo por décadas la inmensa mayoría de los cubanos citadinos. Pero, como me advirtieron, yo no debía abandonar el cuartico.

Tampoco quería exponerme públicamente: existía la orden de delatar hasta a los sospechosos de irse del país, y mi caso se complicaba con el cambio ilegal en el carné y las mentiras de la carta del policía; de ahí que yo mantuviera el mayor secretismo al respecto: me protegía no sólo a mí, sino también a amigos y familiares que, de ser vistos conmigo, podrían ser luego acusados de complicidad con un futuro emigrante irregular. Únicamente podía traerme algo de comer alguien de extrema confianza que no temiera sufrir represalias políticas por ese gesto solidario: mi madre.

En una ocasión, me trajo la comida una hermana que, por ella y sus hijos, sí tenía que cuidarse, y con extremadas precauciones nos reunimos brevemente en un parque cercano. Para no delatarme ni ser vistas como cómplices, mis hermanas tenían la excusa creíble de no saber mucho de mí, pues en casa de nuestros padres —donde tres de ellas de hecho ya no vivían— yo siempre estaba de paso: en realidad, entre el Escambray, Sola, Camagüey, los viajes de turismo al extranjero y al interior, los hoteles, las casas de alquiler en la playa y el cuartico de Maloja, yo apenas viví en dicha casa entre 1973 y 1980. En favor de mis hermanas estaba, además, el que, en mis trámites de salida, yo usara otra dirección, desconocida para mi familia. No obstante, para seguir el juego y todos contentos [léase ‘nadie perjudicado’], yo había hecho un pacto con mi madre: en cuanto fuera segura mi salida, yo le avisaría para que ella misma les informara a mis hermanas y así estas, de verse precisadas por las autoridades, corroboraran mi sospechosa desaparición.

Y como la Providencia provee, ya había una intermediaria: una parienta de Manolo que estaba trabajando en El Mosquito me prometió que, en cuanto nos viéramos allí, ella misma avisaría a mi madre. Y así hizo. Finalmente, salí del país por el puerto del Mariel: entre abril y octubre de 1980 más de 125 000 cubanos nos convertimos en marielitos.

Por fin, los agentes de inmigración pasaron por Maloja a entregarme el salvoconducto de salida con el que me debía presentar ipso facto en un área extraña llamada Cuatro Ruedas, de la cual no recuerdo más que las amargas y discretas lágrimas de mi padre cuando me llevó hasta allí en su carro: ‘Cuídate mucho’, fue toda su despedida. Creí que se iría enseguida, pero al parecer estacionó cerca, pues a través de una ventana lo alcancé a ver más tarde parado y cabizbajo en una esquina aguardando no-sé-qué. O sí-sé-qué: su único varón iba a dar ahora el paso que él no se atrevió a dar con toda la familia en los 60; comenzaba, pues, inexorable, la dispersión familiar.

En Cuatro Ruedas coincidimos las escorias de todo el país. De allí nos llevaron en buses a la base militar de El Mosquito, que estaba muy cerca del puerto del Mariel, donde aguardaban los botes hacia EUA. En El Mosquito se sumaron los de la vía familiar y nos entregaron un pasaporte bastante chapucero. Y finalmente en el Mariel aparecieron, para sorpresa de muchos de nosotros, los presos comunes y los enfermos mentales.

Como hay suficiente información sobre las condiciones infrahumanas y el fascismo corriente (militares sádicos, bayonetas, perros policía) con que tuvimos que lidiar en El Mosquito y el Mariel, me limitaré a comentar una curiosa prueba final. Antes de que nos enviaran a los botes, nos metían por un rato en una piscina vacía. Tal vez empleaban la piscina para controlar mejor los subgrupos humanos o determinar cuánta gente podían embutir en una embarcación según su tamaño. Pero pronto vi que también servía para un escrutinio más preciso por parte de la Seguridad del Estado: la piscina no se llenaba anónimamente a bulto, sino que entrábamos en ella de uno en uno tras oír nuestros nombres y, mientras esperábamos allí, una militar con un extraño y largo rollo de papel verde claro en la mano se cercioraba de que nuestros nombres no estuviesen allí. Yo nunca había visto en Cuba ese tipo de papel; después en EUA vi que era el que usaban las computadoras al imprimir. Hecha con una tecnología que la mayoría de los cubanos desconocía, era obviamente una lista secreta a la que ningún interrogador anterior, usando hojas comunes y anotando a mano, tenía acceso.

No sé si, desconfiando de sí misma, la Seguridad tenía en esa lista a sus miembros y a figuras clave del régimen, pues no fueron pocos los ‘verdaderos revolucionarios’ (comunistas, segurosos, chivatos) que aprovecharon el Mariel para renunciar a la simulación oportunista y escapar. Para comprender la conducta y el discurso hipócritas que suele exigir la vida dentro del socialismo real, es bueno recordar que muchos que, como yo, en histriónico apoyo al castrismo, tuvimos que participar en la Marcha del Pueblo Combatiente el 19 de abril de 1980 frente a la Embajada del Perú en contra de los asilados, unas pocas semanas más tarde nos estábamos montando por propia decisión en los botes del Mariel. No sé cuántos en esa marcha anidábamos la remota esperanza de que ahí mismo, en plena calle, se creara un repentino caos o despelote que nos posibilitara meternos en la embajada, ya para entonces fuertemente acordonada por la policía y el ejército.

Si la coacción sociopolítica puede justificar dentro de Cuba tamaño fingimiento, este resulta cada vez más difícil, no de justificar, sino de explicar y aceptar en la conducta y discurso de numerosos intelectuales del Mundo Libre con relación al castrismo, como observa Jorge Edwards en 1967 entre “los pintores europeos y latinoamericanos” que viajaban a Cuba para asistir al Salón de Mayo: “la situación cubana, a causa de la ausencia de crítica, ya estaba dominada por la hipocresía y por el doble lenguaje”, y aunque los extranjeros así lo percibieran, no se atrevían a “dar testimonio público” de ello; es decir, con relación al gobierno castrista, la “conciencia crítica” del intelectual, continúa Edwards, era una “conciencia debilitada, inclinada en muchos casos a la componenda y en muchos otros decididamente mentirosa” (194-196).

En 1968, parecida coacción, temor a expresarse y monocorde consenso experimenta Max Aub en él mismo y en los centenares de intelectuales extranjeros presentes en el Congreso Cultural de La Habana. Al concluir una ponencia dogmática, Aub anota: “Le aplauden. Nadie comenta. Nadie contesta. ¿Qué pasaría si me levantara y dijera —como creo— que debemos colaborar en todas esas revistas, periódicos, universidades diciendo honradamente nuestro parecer? No me dejarían ni acabar”. Pero Aub no se levanta, no expresa lo que cree y, antifranquista radical, ni se atreve a criticar en Cuba a Franco debido a los vínculos entre el ML y Franco: “Y no poder, aquí, abrir boca contra Franco” (49, 51).

***

Para mi salida, sólo se me permitió sacar la ropa que tenía puesta, el pasaporte improvisado, un pequeño crucifijo y un ejemplar del Nuevo Testamento. En general, nadie se atrevía a perder la salida si lo cogían llevándose su documentación profesional. Para la escoria, en particular, este riesgo era peor, pues poseer un título universitario desmentía o al menos cuestionaba nuestra presunta condición marginal. Mi único documento era, pues, el pasaporte. Por suerte, no apareció ningún indicio del que yo había usado en mis viajes a los países hermanos. Hasta el último minuto había que actuar con cautela: no me era difícil imaginar el infierno mayor que, como profesional de las Humanidades, habría vivido de cancelarse mi salida y tener que quedarme en la Isla una vez reveladas mi verdadera identidad, mis intenciones de irme y las vías que utilicé para salir.

Por otra parte, tomando en cuenta la atmósfera antirreligiosa impuesta por el régimen —expulsión del país de numerosos curas católicos en los años 60, acoso a los Testigos de Jehová en el Escambray y a ciertas prácticas religiosas afrocubanas, censura a los religiosos en las universidades, delación contra los estudiantes que visitaran una iglesia: si te veían salir de una, te excusabas diciendo que habías entrado para ver la arquitectura, las pinturas, la ebanistería—,[6] creí conveniente para mi salida insistir en una fanática religiosidad que reforzara mi conducta antirrevolucionaria y justificara llevarme el Nuevo Testamento, donde, entre evangelios y epístolas, yo había anotado en clave los nombres y teléfonos de mis casi desconocidos parientes en EUA.

El efecto Mariel: Before, During, and After: una serie de seminarios en línea organizados por la Universidad de Miami en 2021

[a cierta Academia estadounidense le molesta aún el Mariel]

Para 1980, era común en cierta Academia estadounidense de izquierda reducir la descripción de la emigración cubana posterior a 1959 a la clase social y la raza: por las medidas económicas y antidiscriminatorias del Gobierno Revolucionario, habían huido de Cuba, además de los comprometidos con el derrotado batistato, los siquitrillados (término de moda en los años sesenta), es decir, las clases pudientes explotadoras y los profesionales aburguesados —ambos grupos compuestos en su gran mayoría por blancos— cuyos bienes materiales habían sido expropiados y sus privilegios de clase y raza cancelados en nombre del pueblo (otro vocablo de la época). Para los estudiantes gringos interesados o adoctrinados en la retórica igualitaria y justiciera, esta narrativa o relato (términos de esta época) no falso, pero sí incompleto, sobre nuestro llamado ‘exilio histórico’ contribuía al prestigio robinhoodiano del ML y, por extensión, enmarcaba sociopolíticamente a la comunidad cubanoamericana frente a los otros grupos hispanounidenses.

El Éxodo del Mariel desestabilizó de manera radical esta blanquinegra versión. De una Cuba en 1980 sin clases ni racismo por decreto, llegó a EUA, de forma dramática y muy visibilizada por la prensa, el pueblo mismo: decenas de miles de individuos de los más diversos segmentos sociales en los que abundaban afrodescendientes, homosexuales, travestis, marginados y, en especial, jóvenes que sólo habían conocido a conciencia el castrocomunismo. Cansados de callar sus verdades, los marielitos denunciaron a viva voz en periódicos y revistas los desmanes espirituales y materiales del socialismo que habían vivido por dos décadas.

El relato de dicha academia —que en no pocos casos era complaciente con el régimen castrista y empezaba a integrar en su agenda la causa homosexual— se vio contrariado por el hecho de que numerosos marielitos eran no sólo de origen humilde, sino también negros, mulatos, homosexuales o travestis; por lo que sendos espontáneos testimonios sin bibliografía adecuada tenían que ser, no escuchados, sino enterrados bajo los enjundiosos estudios de campo, conceptos novedosos y citas de autoridades en temas migratorios que la Academia bien sabe fabricar para sabichosamente explicarnos —así de ignorantes éramos— por qué habíamos salido de Cuba.

Y más importante aún, para explicarles en sus claustros anticapitalistas a cientos de universitarios ajenos a estas vicisitudes, por qué tantos afrodescendientes habían huido del paraíso racial socialista para refugiarse, a sabiendas, en un país capitalista de racismo sistémico, según lo presentaba a diario la prensa en Cuba; por qué había tanta población carcelaria negra bajo un gobierno que tantas oportunidades de trabajo y estudio les había traído a los afrodescendientes, y por qué tantos homosexuales y travestis deschababan, no contra los prejuicios religiosos machistas del pasado colonial, sino contra la represión comunista.

Para neutralizar la disidencia sexo-genérica del Mariel acudieron muy pronto, en 1984, investigadores como Lourdes Arguelles y B. Ruby Rich, cuyos argumentos y discurso analizo en “Los homosexuales masculinos habaneros…” Según ellas y sus convenientes entrevistas, exclusiones y empleo del lenguaje, la causa mayor del Mariel era económica y, por más datos, consumista. Ni falta les hacía añadir el consabido corolario: la culpa del fracaso económico cubano es el bloqueo o embargo, es decir, EUA.

A inicios del siglo XXI vi en un simposio universitario sobre el Mariel celebrado en Miami y cuyo único marielito invitado era yo, cómo los expertos catedráticos estadounidenses desarrollaban un criterio muy similar: el Éxodo del Mariel era uno más en la larga lista mundial de migraciones económicas. Para nada se analizó lo que fue en realidad: un ejemplo más del rechazo popular al socialismo real del siglo XX que, nueve o diez años después, se fue al traste en Europa y la URSS. Si en 1960 y 1962 dos Declaraciones de La Habana habían avivado a la izquierda internacional, en 1980, con La Habana como centro de operaciones, el Éxodo del Mariel fue, de facto, una Tercera Declaración que le revelaba al buen entendedor que el socialismo con maracas del ML no era tan pachanguero ni diferente al estalinismo corriente como se creía, sino una mera copia o ‘sombra de sus antepasados’ infames —para decirlo con un filme de Serguéi Paradzhánov.

Con argumentos que la dictadura castrista aprobaría, mis colegas del simposio despojaban de su inherente sentido político a este crucial pasaje de la historia contemporánea de Cuba. Las convenientes estadísticas y entrevistas, así como el escolástico argot a los que acudían, resultaban risibles ante las claras y distintas razones políticas dadas por numerosos marielitos y por antiguos refugiados de la Embajada del Perú, como demuestra este testimonio del ex asilado Galán Pino sobre realidades que millones conocimos de primera mano:

Huir, huir; romper las oprobiosas cadenas, salir de aquel mefistofélico círculo inficionado de asfixiantes consignas, de demagógicas frases estereotipadas, de vigilancia colectiva, de sistemática represión; atrás quedaba la presión sicológica de los títeres sindicales tratando de ablandarnos para que hiciéramos trabajo voluntario, el gregario ensalzamiento de los mercenarios internacionalistas, las repetidas visitas del G-2 (órgano de la Seguridad del Estado) para hacernos unas preguntas de rutina, las interminables colas para adquirir los muy escasos víveres que nos correspondía[n] por la libreta, los arbitrarios juicios populares presididos por el presidente del Comité de Delatores (CDR) del barrio, las ridículas campañas para la preparación combativa, para el ahorro de materia prima, para el adoctrinamiento cotidiano, en fin, la humillación, el asedio, la marginación, la asfixia, el chantaje, la coacción, el silencio… La resistencia había dejado de ser pasiva. (12)

Y si no bastaban las razones aducidas por Galán Pino, el hecho de que el Mariel incluyera tan notoria cantidad de homosexuales y travestis se debió precisamente al carácter no económico, sino político [léase ‘contrarrevolucionario’] que el régimen les otorgaba a la homosexualidad y al travestismo. Tanto fue así que hasta hubo héteros padres de familia que, por voluntad propia, se acusaron de ser homosexuales, porque serlo era un demérito político casi seguro para obtener el permiso de salida del país.

Los académicos olvidaban considerar, además, la manera tampoco económica sino política en que, por lustros, el régimen trató los sucesivos éxodos. El mero acto de mantener correspondencia con un exiliado, así fuera un hijo, un padre o un hermano, constituía un acto contrarrevolucionario, penalizado además por el Estado. Hasta salir del país por motivos económicos implicaba una posición política, ya que significaba renunciar a seguir construyendo el socialismo. Así lo expresó claramente el ML el 1ero de mayo de 1980, no obstante haberse mitigado un tanto, en parte por conveniencias económicas y políticas del régimen a fines de los 70, el rechazo político a los exiliados: “Los que no tienen el coraje, los que no quieren adaptarse al esfuerzo, al heroísmo de la revolución, que se vayan, no los queremos, no los necesitamos”. Y fieles a su esclarecido y mayestático Verbo Supremo, y con la ayuda siempre de Dios, eso hicimos.

Últimamente, ante los millones de inmigrantes internacionales llegados a EUA y Europa entre 2021 y 2026 en busca de asilo político con base en su derecho a solicitarlo —según ciertos relatos—, el concepto de ‘emigrante económico’ ha retrocedido bastante ante el avance indiscriminado del concepto de ‘refugiado’ y la inclusión de los fenómenos medioambientales entre las causas para emigrar. Uno espera entonces que, aplicando tales novedades conceptuales al caso del Mariel, aquellos expertos que aún presentan nuestro éxodo de 1980 como una emigración económica, mientras ven refugiados políticos en todos lados menos en Cuba, sean más congruentes consigo mismos y corrijan sus flácidas conclusiones, pero me temo que esperar eso equivale a, como dijo Ernesto Che Guevara, “intentar injertar el olmo para que dé peras” (67).

Obras citadas:

Abreu, Juan. Debajo de la mesa. Buenos Aires: Argentinos, 2016.

Aub, Max. Enero en Cuba. México: Joaquín Mortiz, 1969.

Barquet, Jesús J. “Los homosexuales masculinos habaneros entre 1967 y 1980: lugares, prácticas, lenguaje y lecturas (Segunda parte y final).” Árbol invertido (25 abril 2025).

Batista, Laureano. “El éxodo cubano: caso insólito de Camarioca.” Exilio 1.2 (1965): 56-57.

Bordao, Rafael. “Rafael Bordao: algunas respuestas a Félix Luis Viera.” Linden Lane Magazine 40.1 (2021): 6-8.

Che Guevara, Ernesto. El socialismo y el hombre en Cuba. New York: Pathfinder, 1992.

Edwards, Jorge. El whisky de los poetas. Madrid: Alfaguara, 1997.

Ferrer, Jorge. Entre Rusia y Cuba. Madrid: Ladera Norte, 2024.

Galán Pino, Rubén. La Embajada del Perú: un salto hacia la libertad. S.c.: Twin, 1984.

García Galló, Gaspar Jorge. Nuestra moral socialista. [1963]. La Habana: Ministerio de Educación, 1964.

García Ramos, Reinaldo. Cuerpos al borde de una isla. Miami: Silueta, 2010.

Kaiser, Axel. Nazi-comunismo. Santiago: Ariel, 2026.

Mario, José. “2279: ¿definitivamente?” Exilio 3.1 (1969): 33-37.

Morelli, Rolando. “Mariel: cuaderno de travesía.” Cibercuba (3 mayo 2020). Acceso: 10 enero 2025.

Portuondo, José Antonio. Crítica de la época y otros ensayos. La Habana: Universidad Central de Las Villas, 1965.

Prieto Samsónov, Dmitri. “¿Precariado en Cuba?” Espacio Laical 14.1 (2018): 24-28.


Notas:

[1] Tomado de las memorias-ensayo Regreso urgente al país de mis orígenes: Cuba, 1959-1980.

[2] La pieza teatral Huevos (Ulises Rodríguez Febles) hace un emotivo recuento de esas acciones; así también El grito (Raúl Alfonso) y La vida es un carnaval (Enrique R. Mirabal).

[3] Véase el artículo de Laureano Batista publicado en 1965, al calor de los hechos.

[4] Otro testimonio de valor es el del poeta y ensayista marielito Rafael Bordao.

[5] Las UMAP fueron los campos de concentración y trabajo forzado que la dictadura castrista creó en la década del 60 contra los librepensadores, los homosexuales, los religiosos, los extravagantes y los elvispreslianos. Al respecto, véanse Arturo, la estrella más brillante (Reinaldo Arenas), Un ciervo herido (Félix Luis Viera) y el documental Conducta impropia (1984) con su libro homónimo, de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal. Un temprano testimonio de las UMAP lo ofrece uno de sus ex prisioneros, el poeta y editor José Mario en “2279: ¿definitivamente?” También Pablito Milanés y el futuro cardenal y arzobispo Jaime Ortega estuvieron en las UMAP. En los campos nazis la consigna era ‘Arbeit macht frei’ (El trabajo os hará libres); en los campamentos de las UMAP con mayoría homosexual la consigna era ‘El trabajo os hará hombres’.

[6] Sobre la persecución, en la Cuba de los 60, de ciertos grupos religiosos como Testigos de Jehová y Gedeones, José Antonio Portuondo repite el discurso oficial al decir que estos realizaban “campañas contrarrevolucionarias”, sembraban “la confusión entre las capas más atrasadas del campesinado” y algunas eran dirigidas desde EUA en contacto con la CIA (121). Las mismas ideas presenta García Galló (75-77).

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