Dejar la isla: José Abreu Felippe

Cuando salí de La Habana,

¡válgame Dios!

José Abreu Felippe

Mis hermanos Juan y Nicolás lograron irse por el Mariel en 1980. Juan por el Cuatro Ruedas, frente al Alí Bar –donde en sus buenos tiempos cantaba El Benny–, uno de los centros de recepción de la escoria, enarbolando su Carta de Libertad de cuando había estado preso, ya que no encontraba trabajo cuando lo desmovilizaron del Servicio Militar Obligatorio y le aplicaron la Ley de la Vagancia. Nicolás se asiló con su esposa en la embajada de Perú. Los que quedábamos nos inscribimos como escoria en Carvajal y Buenos Aires, en el Cerro, otro de los centros, pero no tuvimos suerte: nunca nos llamaron. Casi dos años después, gracias a la gestión de unos buenos amigos en Madrid, mi hermana Asela logró salir con su esposo y su hijo. Allá removió cielo y tierra y obtuvo visas para mis padres, un hijo pequeño de Juan, y para mí.

Entonces se hicieron todos los trámites pertinentes, bajas de los distintos sitios, inventario en la casa, etc. Con la transferencia bancaria que nos mandaron mis hermanos desde Miami, compramos los pasajes por Iberia y nos íbamos un lunes. No voy a contar en detalle todo lo que pasamos porque no es objetivo de este trabajo, solo apuntar un detalle que ilustra bastante bien la situación: la propiedad de la casa donde vivíamos, que construyó mi abuelo materno, estaba a nombre de mi abuela, ya fallecida. Pues bien, para no hacer la historia larga, como la propiedad no estaba a nombre de ninguno de los que vivíamos allí, sacaron cuentas y debíamos pagar a la Reforma Urbana desde la fecha del fallecimiento de mi abuela hasta ese momento. Varios miles de pesos. Otra vez mis hermanos nos sacaron del apuro, haciendo cambios que se estilaban entonces, de 5 por uno. Ellos daban mil dólares a alguien en Miami, y su familiar en Cuba, nos daba 5000 pesos. Yo tuve que ir a Guanabacoa a buscar el dinero con una cabilla envuelta en un cartucho y esa sola historia fue una odisea que tampoco voy a contar. Pues bien, con todo listo, llegó el viernes la Seguridad del Estado –estilo Indiana Jones– y me quitaron el pasaporte. Dijeron que mi familia se podía ir pero yo no. A esa hora convencer a mi familia para que se fuera, que yo solo sería más fácil, sabiendo muy bien que no saldría hasta que a ellos les diera la gana. Logré mi objetivo, el lunes los acompañé al aeropuerto y regresé a la casa solo. La bata de casa de mi madre sobre la cama, la pelota del niño en un rincón, el cenicero de mi padre junto al sillón, en fin. Me dieron una cita para Inmigración, que estuviera allí a las 6 de la mañana. Me llamaron a las 6 de la tarde, solo dos personas quedábamos esperando, un muchacho cuyo padre había sido preso político y yo. Ambos teníamos el mismo mensaje en la citación: “entrevista con Ariel”.

José Abreu Felippe en la esquina de su casa el 4 de diciembre de 1980.

Cuando entré vi mi pasaporte presillado a mi expediente. El oficial no me habló, solo me extendió unos papeles que eran la autorización para volverme a dar “alta” en todos los sitios donde me había dado “baja”, desde la Oficoda hasta el Comité Militar. Y, desde luego, el C8, que era el modelo oficial negando la autorización de salida del país. Yo conocía el discurso: “La dirección de Inmigración y Extranjería tiene la potestad de otorgar o denegar una salida sin dar explicaciones”. Al final, me hizo un gesto con la mano indicándome la puerta. Al lado de mi casa estaba el CDR que me vigilaba constantemente. Fui a buscar trabajo a un sembradío de tomates en Güines y trabajé sin problemas la primera semana clavando las estacas donde se enredarían las matas de tomate. Cuando fui a cobrar me pidieron el Carnet de Identidad, vieron la R en la primera página, que me identificaba como escoria, y me dijeron que no volviera más, que ese trabajo era para los revolucionarios. El primer día yo había pedido un papel que certificaba que yo estaba trabajando allí, ya que tenía que enseñarlo en el Seccional. A partir de ese momento todas las mañanas me levantaba con ropa de trabajo, haciendo bastante ruido para que la del Comité se enterara, y me iba para La Habana a dar vueltas y a ejercitar la picaresca hasta por la tarde, que se suponía que debía regresar del trabajo. Durante el tiempo que duró mi espera, un amigo me falsificaba el mismo papel que me habían dado el primer día en la tomatera, cambiaba las fechas, y yo lo enseñaba a los que me controlaban. Mi temor era que me fueran a aplicar la Ley de la Vagancia y me encarcelaran. Tenía que sobrevivir y lo conseguí.

Un día, víspera de la Caridad, estaba yo en el portal cuando pasó el muchacho que repartía los telegramas: preséntese en Inmigración tal día a tal hora para “tratar asunto de su interés”. El único asunto de mi interés era largarme de aquel infierno, así que me puse contento. No me apuré, aunque sentía deseos de hacerlo, en llamar a mi familia para informales. Conociendo como conocía la forma en que actuaban esos señores era preferible esperar a ver qué me decían en la cita. No quería que se ilusionaran inútilmente. Fui, esta vez no me hicieron esperar tanto, me devolvieron el pasaporte y otra vez los papeles para que me diera baja “por salida definitiva del país”. Yo no me había dado alta en nada, así que no tuve que volver a pasar por lo mismo. Me dirigí a la embajada española y allí me informaron que mi visa estaba vencida, pero que no me preocupara, que en unos meses tendría una nueva. Le expliqué mi situación, pero no entendió o no quiso entender, había un protocolo que seguir, etc. Esas personas vivían en otro planeta y actuaban como marcianos. Por instinto le pedí una tarjeta al Cónsul y me marché. Yo no estaba en condiciones de esperar más. Fui a Iberia y actualicé mi pasaje, solo era cambiar la fecha. Y lo pedí para lo más próximo que tuviera. Me lo dieron para el 5 de diciembre (1983).

Conociendo lo que me rodeaba, no quería que el Comité se enterara de la fecha, podían hacer algo para impedirlo –ya una vez se habían robado el bombillo del portal y la Presidenta me acusó en la estación de policía, les dijo que ella sospechaba del antisocial que vivía al lado. Aquello era algo tan disparatado que ni en la policía le hicieron caso. Tampoco quería que se enterara la ex mujer de mi hermano que había manifestado intenciones de que quería quedarse con la casa. La Reforma Urbana me había advertido que la casa debía quedar sellada o “no te vas”. Por eso en complicidad con el padre la saqué de la libreta y ahora rogaba por que no estuviera cerca –vivía a dos cuadras con su nuevo marido– cuando vinieran a sellar la casa. Poco a poco, con la ayuda de un amigo, ya fallecido, fui sacando de la casa las cosas que me quería llevar. En esa época obligaban a los que se iban por el aeropuerto a llevar traje y una maleta aunque fuera vacía. Conseguir los zapatos y la maleta fue otra odisea. Le encargué a un familiar que llamara a mi hermana en España, que le diera el número del vuelo. Mi perro se lo había dado el día anterior a otro amigo.

José Abreu Felippe en 1982. Al fondo, un cuadro de su hermano Juan Abreu.

El día de la salida vinieron temprano a sellar la casa. La persona que era la encargada de cotejar el inventario anterior con el de ese día, me hizo un gesto que quería decir olvídate de eso. Sellaron la casa. Tuve suerte, la del Comité no estaba por todo aquello. Fui caminando hasta la parada de la guagua sin mirar atrás. Mi amigo me seguía de cerca. La guagua vino enseguida y ambos nos montamos. Ya en casa de mi tía, en Jesús del Monte, me puse el traje y revisé el contenido de la maleta: la Virgen de la Caridad de mi madre, que me pidió que se la llevara –¿qué podía ocurrir, que me la quitaran en el aeropuerto? Fatalidad, peor no intentarlo–, un par de libros –Lluvias de Saint-John Perse en la traducción de Lezama y La tierra baldía–, una muda de ropa y el álbum familiar de fotografías. Mi tía había tratado con un vecino de confianza para que nos llevara al aeropuerto. En el camino no paraba de hablar y de mandarle mensajes a la hermana, yo iba callado mirando por la ventanilla un paisaje que sabía estaba viendo por última vez. Trataba de fijarlo en la memoria.

A la entrada del aeropuerto me esperaban mi otra tía, hermana de mi padre, y varios amigos que me habían ayudado mucho a soportar aquella espera. Yo no podía hablar, los abracé a todos, uno por uno, y entré. Lo primero era el mostrador de Iberia, allí entregué el pasaporte con mi visa vencida y el pasaje. La muchacha lo examinó y eso fue lo que me dijo, “señor, su visa está vencida”. Yo, con una gran sonrisa, que había ensayado, le contesté que mi visa era un modelo anterior que no vencía, que ayer mismo el Señor Cónsul me aclaró que eso podía ocurrir –ahí saqué la tarjeta del bolsillo de la camisa y se la di–, que no tuvieran ninguna pena y que lo llamaran. La muchacha entró para una oficina y se demoró un buen rato, yo por dentro estaba temblando, hasta que salió y continuó mis trámites. Al final me deseó un buen viaje. Al salir me estaba esperando un militar que me pasó a un cubículo, me hizo vaciar los bolsillos, y me registró hasta las medias y el interior de los zapatos. Antes había puesto  mi maleta en una estera. Yo llevaba cinco pesos y me dijo que no podía sacar dinero, que tenía que gastarlo o dejarlo. Cuando me permitió seguir, pasé a un salón donde ya había muchas personas esperando. Subí a la cafetería y le pregunté al empleado qué podía comprar con cinco pesos. Un bocadito de pasta con un refresco y un café. Comí aparentando tranquilidad, no quería llamar la atención, sabía que había policías de civil vigilando. Mi mayor temor era escuchar mi nombre por los altavoces. Después del café me fumé un cigarro y luego bajé y me acerqué a un cristal, que era de esos que se puede ver hacia fuera pero no hacia adentro. Corría paralelo a la terraza donde esperaban los familiares por lo que era muy difícil verlos, había que aplastar la cabeza contra el cristal. Así y todo logré reconocer a algunos de mis amigos por la ropa que llevaban. Con unas monedas que me sobraron compré un periódico Trabajadores y me senté a leer para calmar los nervios. Vi cuando llegó el avión, un DC10, y como una hora después nos ordenaron que hiciéramos una fila en silencio. Después fuimos saliendo, pero en vez de hacerlo directamente hacia el avión, nos obligaron a caminar bajo la terraza. El objetivo obvio era que cuando enfiláramos hacia el avión la terraza nos quedara muy distante. En la escalerilla del avión había un militar que chequeó el pasaporte y el pasaje. Antes de subir, me quité el saco y lo llevé en la mano hasta la misma entrada del avión, ahí me paré, me volví hacia la terraza y lo agité en alto, eso era lo que había acordado con mis amigos. No vi nada, porque tenía los ojos nublados. Entré y seguí las instrucciones de la azafata hasta mi asiento.

Cuando el avión despegó, ya era de noche. Aunque iba en ventanilla, no vi nada. Estaba tenso, lo único que deseaba era que el avión se alejara lo suficiente como para que no lo pudieran virar. Al rato, una muchacha pasó preguntando si deseaba beber algo. Como no sabía si había que pagarlo y no tenía dinero, le dije que no, gracias. Han pasado 38 años de aquel momento, no he vuelto a Cuba. Sigue la misma dictadura que estaba cuando me fui. Mis queridas tías murieron y yo me enteré meses después. Algunos de mis grandes amigos también han muerto ya. En fin… Para concluir, quiero apuntar que llegué a Madrid el 6 de diciembre de 1983, cumpleaños de mi hermana Asela, que salí de Cuba con 32˚C y la temperatura a mi arribo a Barajas era de -9˚C. Y que al pasar por la aduana, como mi visa en realidad estaba vencida, me mandaron para Comisaría. Pero eso ya no me importaba.

                                                                      Miami, 10 de agosto de 2021.

Certificado de “antisocial” de José Abreu Felippe, 27 de mayo de 1980.

One thought on “Dejar la isla: José Abreu Felippe

  1. eduardo r arabi

    yo pase lo mismo en el areopuerto lo peor fue que me sacaron las fotos que llevava en mi biblia y 2 cartas unade ileana ross otra de martin un ejecutivo de la fundacion nacional cubanoamericana

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