María Luisa Gómez Mena: musa, amor y mecenas de Manuel Altolaguirre

José Ramón Alonso-Lorea

El amor rompe esas nubes
y apaga tristezas, sólo
quisiera sacarme el alma
para quererte del todo
o que tu vida, amor mío,
que veo torre se haga pozo
que en mí se clave, se pierda,
como un reflejo sonoro
de mi sueño, de ese sueño
que se me va de los ojos.

“Romance.” De Manuel Altolaguirre a María Luisa Gómez Mena, julio de 1944.

Entre los estertores de la segunda guerra mundial, la crisis económica de la postguerra, la intolerancia política e ideológica, y las mutuas sospechas que abren paso a la guerra fría (la persistente actuación bélica entre los hombres —no menciono “mujeres” puesto que las considero incluidas en el genérico—), se abre paso el amor. Así de cursi, real y necesario, el amor entre las personas, ese antídoto indispensable, también hoy, contra los que ensalzan los extremismos desde cualquier bando, ajenos e irreflexivos ellos ante los efectos físicos e ineludibles del péndulo.

Aquí les comento, brevemente, una historia de amor del pasado siglo, unas memorias que dejaron su huella en cartas manuscritas que se intercambiaron los amantes. Huellas posibles de estudiarse desde los diversos enfoques que dan la gramática, la grafología y hasta el análisis del ADN que pudo quedar impreso sobre el papel, en los restos sudorosos de una mano que transcribía los dictados amorosos del corazón. Hoy, lamentablemente, con la moda de los fake, todo lo que llega por la vía digital está bajo sospecha, incluyendo los deshumanizados emails. De modo que los investigadores del futuro tendrán razonables dudas sobre la veracidad de nuestros sentimientos y comentarios actuales.

Pero abandonemos el futuro y hasta el presente, que se nos muestran opacos, y volvamos al siglo pasado y a nuestra historia de amor ya casi arqueológica. Una página que, con muchas lagunas en la información, podemos reconstruir siguiendo principalmente a James Valender en su biografía y compendio epistolar de Manuel Altolaguirre (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario). Me refiero a los últimos 15 años (1944-1959) de esa apasionada relación que surgió, maduró y murió —por causas ajenas a ellos— entre el poeta y editor español, quien fue el más joven integrante de la Generación del 27, y la cubana María Luisa Gómez Mena, mecenas de la literatura, el arte y el cine.

Cubiertas de los libros Viaje a las islas invitadas. Manuel Altolaguirre 1905-1059 y Manuel Altolaguirre. Epistolario 1925-1959. Ambos textos, editados por James Valender, se pueden consultar y adquirir en la biblioteca y archivo de la Residencia de Estudiantes de Madrid.

Durante los meses iniciales de 1944, María Luisa y Manuel Altolaguirre mantienen una frecuente relación epistolar, incluso el poeta le pide que le escriba a su lugar de trabajo y no a su casa. Según Valender, “aunque alegaba diversas razones de orden práctico, se ve que el malagueño quería evitar así que su esposa se enterara de esta correspondencia” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario XXX). Bien es cierto que en toda esta correspondencia inicial (incluida la correspondiente a los meses de 1943, luego de la salida de La Habana del matrimonio español), aunque las cartas de ida y vuelta tenían como remitente o estaban dirigidas al poeta y a Concha Méndez, y la redacción de las mismas a veces se realizaba con un tono plural, familiar, ellas transparentan solamente un diálogo entre María Luisa y Altolaguirre. Pongamos un ejemplo en la redacción del poeta del 22 de septiembre de 1943:

No nos podemos olvidar de Cuba y al pensar en tu tierra, tú eres para nosotros el centro de nuestros recuerdos y, aunque aquí estamos mejor en muchos sentidos, nada nos compensa de no estar con vosotros. Cuando en tus cartas nos dices algún cariño, vemos lo mucho que te queremos por la alegría tan grande que siento, tú que sabes ser tan buena cuando quieres. (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 456)

Por otra parte, sólo en pocas ocasiones aparece en este epistolario inicial algún añadido al margen de Concha Méndez, cosa normal dado el curso que tomaba la historia de estas personas.

Cinco años antes, en 1939, ellos se habían conocido en la Habana. El matrimonio de exiliados intelectuales españoles, Concha Méndez y Manuel Altolaguirre, había llegado a esta ciudad acompañados de una hija de cuatro años, Paloma. La pasión que a lo largo de los años irá madurando entre la mecenas y el poeta traerá profundos cambios en sus vidas.[1] Ellos tuvieron, en la Habana, participación conjunta en varios proyectos literarios, editoriales y artísticos (La Verónica, Galería del Prado, etc.), y compartieron espacios comunes de reunión como el Hurón Azul, la casa en las afueras de La Habana del pintor Carlos Enríquez.[2] Pero, para marzo de 1943, los Altolaguirre deciden abandonar Cuba para dirigirse a México. Siguiendo a James Valender, independientemente de la precaria situación económica, parece ser que la verdadera razón de Altolaguirre para abandonar La Habana fue su temor a verse involucrado en una relación amorosa con María Luisa. La relación inicial entre ambos había cambiado de signo y tomaba fuerza una atracción que se hará patente en el epistolario del poeta español (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario XXX, 16). Finalmente, ya separada del pintor cubano Mario Carreño, la mecenas se encuentra en México con el poeta, y juntos se van a vivir a Taxco, un pueblo del estado de Guerrero, y después a Tepoztlán, en Cuernavaca.

Por una serie de cartas de Altolaguirre, fechadas entre el 30 de junio y la primera quincena de julio, sabemos que María Luisa está nuevamente en la capital cubana para estas fechas. Según nos cuenta el poeta español en una carta del 2 de julio, recibió de manos de Alfonso Reyes el primer número de Litoral mexicano (julio de 1944), donde publicó tres poemas dedicados a ella: “Sigo en mi sombra, pero salen de ella”, “El ciego amor no sabe de distancias” y “Tiene mi amor la forma de tu vida”, son “tus poemas”, le asegura el poeta, “los que te escribí antes de Taxco, en Taxco y después de Taxco” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 466). De la publicación de este Litoral dice Altolaguirre alegrarse mucho, “y eso que no salió el dibujo de Federico García Lorca con tu nombre, porque los colores hacían muy cara la impresión” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 466). En una siguiente carta del 3 de julio le envía “Romance”, ese poema, le dice el poeta, “te lo escribí a ti” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 470). Entonces María Luisa había sido elevada a la categoría de numen, era la inspiración del poeta.

Refiriéndose al dibujo de García Lorca con el nombre de María Luisa, asegura Valender que “de este dibujo de Lorca no hay mención en el catálogo de la obra pictórica del granadino que editara Mario Hernández”, y que tampoco se conoce su paradero actual, “si es que el dibujo se conserva todavía” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 466). Por la mención de esta obra suponíamos que la mecenas y Lorca se conocieron entre 1926 y 1936, la década de mayor permanencia de MLGM en España, o en 1930, cuando el poeta granadino visitó La Habana. Sin embargo, el hallazgo de este dibujo hace suponer que no hubo tal encuentro: Marinero de María Luisa, Montevideo 1934, está dedicado, no a María Luisa Gómez Mena, sino a María Luisa Díez-Canedo, hija del poeta Enrique Díez-Canedo, quien ejercía de ministro de la República Española en Uruguay (1933-1934), y quien recibió a García Lorca en este país sudamericano. Es posible que en este dibujo de Lorca Altolaguirre haya visto reflejada su emoción amorosa hacia su María Luisa, la Gómez Mena, de ahí el deseo de incorporarlo, junto con los poemas dedicados a la mecenas, en el Litoral mexicano (“El costado gráfico de García Lorca.”).  

Una de las cartas de diciembre de 1944 destaca por la siguiente referencia: “Te estoy escribiendo un libro, el de mis recuerdos (…). Mi libro es la manera de contestar tus telegramas. Son muy breves pero me llenan de alegría y me mueven a demostrarte lo mucho que te quiero. La manera de decírtelo es haciendo este libro, una larga carta para ti, hija de esta soledad en que me has dejado” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 479). Según Valender, el poeta hace “alusión, sin duda, a su decisión de retomar las Confesiones que había iniciado en La Habana y a las que después pondría el título de El caballo griego (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 479). Se hace patente con ello el interés de la mecenas por que Altolaguirre se dedique a la escritura. Le escribe el poeta: “Mi libro nuevo avanza. Recibí tu cable. Ahora cuando me dices que eres feliz porque lo escribo, temo que no sea tan bueno como tú mereces” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 481).

“Romance”, poema de Manuel Altolaguirre a María Luisa en carta del 3 de julio de 1944, desde México D.F. a La Habana (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario).

En enero de 1945 y en México, la mecenas financia la creación de una nueva editorial para Altolaguirre, la editorial Isla, que tenía, en un taller grande y moderno, su propia imprenta y un equipo de obreros tipográficos. Lo que debió ser una empresa productiva devino en fracaso en manos del poeta. Para decirlo con palabras de Valender, “los recursos que tenía a su disposición Altolaguirre decidió emplearlos para ayudar a los necesitados y no para asegurar la buena marcha de la empresa” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario XXXI). Quiso el poeta llevar el taller “como si fuera, no una empresa comercial, sino una sociedad de beneficencia cultural” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario XXI). Algo parecido ya había ocurrido en la anterior editorial habanera, La Verónica, que María Luisa le había ayudado a crear.

Ante tal caos financiero, y ante la negativa de Altolaguirre de separarse de su familia anterior —según Valender “con el pretexto de ver a su hija Paloma, visitaba la casa de Concha Méndez todas las veces que podía; y desde luego, seguía preocupándose por el bienestar y la manutención de ambas. Para Gómez Mena, que había abandonado a su hijo en La Habana para estar con el poeta malagueño en México, esta actitud era inaceptable” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario XXXI)—, María Luisa decide regresar a La Habana en febrero de 1946. Dos meses después resuelve cerrar la nueva editorial ante los graves problemas económicos que generó su mala gestión.

Durante estos dos años la mecenas conoce y acrecienta una entrañable amistad con el intelectual español refugiado en México, José Moreno Villa. El pintor y escritor frecuenta la casa que ella comparte con Altolaguirre, publica dos libros sobre folklore infantil en la editorial Isla, pinta un retrato de María Luisa en 1945, visita con ella La Habana (donde la mecenas le organiza homenajes), mantienen una relación epistolar cuando ella decide regresar a la capital cubana, y es Moreno Villa quien escribe la novela interrumpida sobre los amores de María Luisa y Altolaguirre. [3]

Ya en La Habana, y separada del poeta, la mecenas, y para decirlo con palabras de Valender, “desde el primer momento y durante meses, fue bombardeada con cartas de su amante, en las que éste juraba y perjuraba que cambiaría su forma de vida, que se divorciaría de su primera mujer, que se dedicaría con más seriedad a su propia carrera literaria (tal y como ella quería que lo hiciese)” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario XXXII).

María Luisa y Altolaguirre fueron retratados al óleo por José Moreno Villa (Valender Viaje a las islas invitadas 175, 171).

En las cartas, en un juego romántico de palabras y retruécanos literarios de intención galante y recuperación amorosa, Altolaguirre le dedica toda su obra literaria a María Luisa. En enero-febrero de 1946, le asegura: “Debes saber que nunca he estado en una disposición mejor para escribir, que a todas horas se me ocurren cosas (…), que tal vez sean la base de una obra poética (…). Mi obra futura, pública y privadamente, te será dedicada por entero” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 497). En carta de marzo de 1946 le asegura: “No te lo digo por quejarme sino como disculpa por no haber seguido la novela, ese libro que con tanto cariño me pides que continúe y publique” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 526). En carta del 27 de marzo insiste: “Mi libro, el que te dedico (la novela), que es tuya, tuya, reunió todas sus palabras en una sola. Y es tu nombre. En tu nombre está toda mi vida” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 538). Dice en otra del 29 de abril: “Todos los días escribo algo (poesía y teatro ahora) y lo hago para ti, porque no tengo otro aliento que el que me viene con tu recuerdo” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 541). Y en mayo confirma la relación conceptual de María Luisa en su obra: “Todo lo que escribo está lleno de mi vida a tu lado (…). Todo lo que escribo lo veo nacer de aquella isla de felicidad que fue mi vida contigo. La obra del escritor no se produce en el momento de trasladar al papel sus invenciones, sino en los años en que enriquece su espíritu” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 546). Pero después de intercambiar unas duras palabras, ambos dejan de escribirse (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario XXXIII). Pocos datos tenemos de esta estancia de más de dos años de María Luisa en La Habana. Parece que sufrió algún tipo de internamiento médico.

Manuel Altolaguirre, Fin de un Amor. Poemario dedicado a María Luisa Gómez Mena.

Sin embargo, a pesar de esta separación, y luego de la ulterior reconciliación de ambos amantes, se mantiene esa encendida dedicatoria de Altolaguirre a María Luisa, como en un acto de entrega absoluta, eterna, y le escribe en 1952:

Escribí un poema, pero no para ti, sí sobre nosotros. Un poema extraño, en que me acerco mucho a las últimas verdades, esas que todavía no son mías, las verdades eternas. Mi encuentro con ellas me estremece (…). Mejor hubiera sido copiarte el poema y no explicártelo, pero el poema cuando se publique será de todo el mundo, tuyo también, y esta explicación es sólo tuya (…). (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario 603-604)

En julio de 1948 María Luisa regresa nuevamente a México. Reanuda su relación sentimental con Altolaguirre y comparten vida y trabajo durante los próximos once años. Estabilizada la relación, hacen reiterados viajes a La Habana. En 1950 la mecenas crea Producciones Isla, una productora cinematográfica que comparte con el poeta español.

María Luisa junto a Manuel Altolaguirre en Monte Albán, Oaxaca, México, años cincuenta. Archivo particular, México D. F. (Valender Viaje a las islas invitadas 183).

En México, en una primera etapa, son responsables de seis películas: Yo quiero ser tonta (1950), El puerto de los siete vicios (1951), Subida al cielo (1952), Prisionera del recuerdo (1952), Misericordia (1953) y Legítima defensa (1953). Al parecer, a consecuencia del entonces blindaje de la industria del cine mexicano que hizo prácticamente imposible esta labor por extranjeros en suelo azteca, María Luisa y Altolaguirre deciden irse a vivir a Cuba. Allí, entre 1953 y 1954 tratan de filmar tres nuevos proyectos: Los inmigrantes, Golpe de suerte y Cuando baila Trinidad (Leyenda musical de Cuba). La primera película se malogró durante el proceso de edición; la segunda película, que escribieron entre los dos y en la que María Luisa, incluso, se atreve a actuar, ni los propios críticos están seguros de si llegó a exhibirse; y la tercera, que hubiera sido un magnífico material etnográfico dado que era “un documental sobre los ritos, costumbres y música de los negros en Cuba”, quedó inconclusa luego de filmar 18 rollos. Finalmente, de vuelta a México, se materializa un tercer momento de Producciones Isla con otras cuatro películas: El condenado por desconfiado (1955), La muñeca negra (1956), El cantar de los cantares (1958) y Vuelta al paraíso (1959).[4]

Entrevista a María Luisa sobre sus andanzas en el mundo de la producción cinematográfica. Recorte de Carteles, La Habana, 31 de agosto de 1952 (Valender Viaje a las islas invitadas 399).

Salvo Subida al cielo, de 1952 y dirigida por Luis Buñuel, una película que se presentó en el Festival de Cannes, que obtuvo en París el Premio de la Crítica a la mejor película de vanguardia de aquel año y cuyo guión le valió a Altolaguirre el “Águila de Plata” otorgado por la Asociación de Periodistas Cinematográficos Mexicanos, en general, la productora cinematográfica no tuvo un currículo feliz, ni en lo artístico ni en lo comercial. Por un lado, invirtieron en proyectos fallidos, por el otro, se imponía ese constante intento de Altolaguirre por lograr eso que él llamó “cine-poema”, una propuesta muy difícil de conciliar con el concepto de cine como espectáculo y entretenimiento, y que, salvo muy escasas excepciones, suele llevar a la ruina a cualquier empresa cinematográfica. La adaptación de El cantar de los cantares, de Fray Luís de León, es el paradigma de este intento. María Luisa parece haber estado consciente de esta situación, que acepta muy a su pesar (cosas del amor), pues en carta a su hijo aseguraba, sobre Manuel Altolaguirre, que “no se cura de soñar y la lucha con él es muy difícil (…), él está en la luna, pertenece a otro planeta y yo estoy desgraciadamente en la tierra (…). Subida al cielo es un poema popular, pero es poesía y mucha gente no es poeta ni sabe ver la belleza plástica y la maravillosa dirección” (Valender “Manuel Altolaguirre. Los pasos profundos”).

En julio de 1959, y con la redacción de una segunda versión de El cantar de los cantares, María Luisa y Manuel Altolaguirre se presentaron en el Festival de Cine de San Sebastián para proyectar, fuera de concurso, la primera versión de este filme de 1958. Al parecer, el propósito de ambos era el de conseguir financiación para la filmación de esta segunda versión. Después de presentar la película, y de vuelta a Madrid, cerca de Burgos, el coche en el que viajaban volcó, muriendo María Luisa en el acto, tres días después Altolaguirre.

María Luisa, Jorge Mistral y Manuel Altolaguirre, entre otros, en el Festival de Cine de San Sebastián, 16 de julio de 1959. Colección particular, Madrid (Valender Viaje a las islas invitadas 189).

Ambos fueron sepultados en la Sacramental de San Justo, la más literaria de las necrópolis madrileñas, un cementerio asentado sobre el Cerro de las Ánimas, en la ribera sur del río Manzanares. Allí, donde yacen Abelardo López de Ayala, el Marqués de Viana, la actriz Rosario Pino y los hermanos Álvarez Quintero, cerca del mausoleo de Campoamor y del panteón de la Asociación de Escritores y Artistas donde yacen Bretón de los Herreros, Espronceda, Gómez de la Serna, Larra, Núñez de Arce y otros, allí, decía, María Luisa comparte nicho con su poeta español, que supo amarla con el rigor temperamental y apasionado de un romántico, y que la inmortalizó elevándola a la categoría de musa de su producción intelectual.

Un manto oscuro post mortem se extendió sobre ambos amantes. No pasaron la criba ideológica del bando que suele controlar, todavía hoy, los procesos mediáticos de la cultura. María Luisa sufrió la descalificación y el anonimato ante la historia de la cultura cubana, a pesar de su apoyo a los exiliados republicanos españoles, y a su extensa financiación y participación personal en proyectos literarios y editoriales, artísticos y cinematográficos. Ella pertenecía a un entorno familiar que caracteriza un pasado modelo económico y social cubano que con toda intención se ha pretendido borrar. Manuel Altolaguirre, al irse a vivir con María Luisa, “había despertado muchas envidias y suspicacias –sobre todo entre los exiliados” (Valender Manuel Altolaguirre. Epistolario XLIII). Pero, sobre todo, por ser “un poeta que ya desde fechas muy tempranas en el exilio demostró su renuencia a empuñar criterios estrechamente políticos para prejuzgar la nueva poesía surgida en España después de la guerra” (Valender “La poesía del interior de España…” 420).  Esta invitación a renunciar a las viejas consignas, y su apasionado acercamiento al catolicismo, lo distancian definitivamente del republicanismo español militante. Todavía, en el 2005, reconocía Valender que era “insuficientemente conocido y estudiado” (Valender Viaje a las islas invitadas 27). Hoy hacemos arqueología, gracias al inevitable retorno del péndulo.


[1] Datos de la familia de los Altolaguirre y su relación con María Luisa pueden consultarse en Manuel Altolaguirre. Epistolario 1925-1959 editado por James Valender (véase: “Introducción”, “Cronología de la vida de Manuel Altolaguirre (1905-1959)” y “notas”). También puede consultarse Viaje a las islas invitadas. Manuel Altolaguirre 1905-1059.

[2] Sobre estos eventos hemos comentado más detenidamente en otros textos: “A propósito del retrato al duco de María Luisa Gómez Mena pintado por MARIO Carreño (1943)”, “María Luisa Gómez Mena y la vanguardia plástica cubana (1942-1944)”, y “María Luisa Gómez Mena (1907-1959). Al rescate de una imagen cultural”.

[3] El manuscrito de esta novela inédita puede consultarse en el archivo de la Residencia de Estudiantes, Madrid.

[4] Referencias sobre Producciones Isla o sobre algunos de sus filmes pueden encontrarse en: James Valender, Manuel Altolaguirre. Epistolario 1925-1959; Reynaldo González, “Manuel Altolaguirre, poeta también en el cine”; Agustín Sánchez Vidal, “Las incursiones cinematográficas de Altolaguirre”.

Obras citadas

– Alonso-Lorea, José Ramón. “A propósito del retrato al duco de María Luisa Gómez Mena pintado por MARIO Carreño (1943).” Estudios Culturales, http://www.estudiosculturales2003.es/arteyarquitectura/MariaLuisaGomezMenaRetratoalDuco.html

—. “María Luisa Gómez Mena y la vanguardia plástica cubana (1942-1944).” Estudios Culturales, http://www.estudiosculturales2003.es/arteyarquitectura/marialuisagomezmena_vanguardiacubana.htm

—. “María Luisa Gómez Mena (1907-1959). Al rescate de una imagen cultural.” Estudios Culturales, http://www.estudiosculturales2003.es/arteyarquitectura/MariaLuisaGomezMena.html

– Altolaguirre, Manuel. Fin de un amor. Isla, México D. F., 1949.

– Buñuel, Luis, director. Subida al cielo. México, 1952.

– “El costado gráfico de García Lorca.” El Observador, 14 feb. 2014, https://www.elobservador.com.uy/nota/el-costado-grafico-de-garcia-lorca-201421417180

– García Lorca, Federico. Marinero de María Luisa. 1934.

– González, Reynaldo. “Manuel Altolaguirre, poeta también en el cine.” Cuba Literaria, Internet Archive, https://web.archive.org/web/20090519011744/http://www.cubaliteraria.com/delacuba/ficha.php?Id=2089

– Hernández, Mario, editor. Federico García Lorca, Dibujos. Madrid, 1987.

– Rams, Rodrigo. “Una cubana produce en México un premio fílmico internacional.” Carteles, año XXXIII, no. 35, 31 ago. 1952, pp. 10-11.

– Sánchez Vidal, Agustín. “Las incursiones cinematográficas de Altolaguirre.” Manuel Altolaguirre y las revistas literarias de la época, editado por G. Morelli, Actas del Coloquio Internacional organizado por la Universidad de Bérgamo, Viareggio-Lucca, Mauro Baroni Editore, 1999, pp. 137-145.

– Valender, James. “La poesía del interior de España vista desde el exilio mexicano (1939-1959).” El exilio literario español de 1939. Actas del Primer Congreso Internacional, Bellaterra, 27 de noviembre – 1 de diciembre de 1995, vol 2, pp. 409-426.

—. “Manuel Altolaguirre. Los pasos profundos.” Litoral, nos. 181 y 182, Málaga, 1989.

– Valender, James, editor. Manuel Altolaguirre. Epistolario 1925-1959. Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 2005.

—. Viaje a las islas invitadas. Manuel Altolaguirre 1905-1959. Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales / Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 2005.

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