En San Isidro*

Calvert Casey

A las dos de la mañana

Aquí no llega nadie. El hedor a coito mustio y mercenario es demasiado fuerte. Al olor que dejaron al pasar por aquí mil axilas esclavas, traídas de Guinea en inmundas bodegas y arrojadas sobre la Machina o sobre el muelle de Luz, vino a unirse el olor nauseabundo que despedían los primeros chinos que trajeron engañados, después del viaje de seis meses desde el Yangtsé, el olor a albahaca fresca de las primeras amancebadas, el olor a agua de Florida de los chulos franceses y cubanos, el olor de las cebollas pudriéndose en los almacenes de víveres, el olor a desinfectantes ineficaces y a preservativo usado, los olores grasientos de las cocinas judías. Y todos estos olores se unieron en un gran olor a mango podrido, a prostituta vieja, a cistitis centenaria, a flores blancas y a muerto. Y este es el olor maravilloso que exhala todo el barrio. Debió nacer en el viejo sufridero de Paula. Es un olor a infamia, a pus y a vómito. Quien no lo ha sentido no conoce la medida de la inutilidad del dolor humano. Son tres siglos de dolor, casi cuatro.

A esta hora empieza a salir de las alcantarillas. Los que viven aquí no lo sienten, viven a prueba de olores. Un mes en San Isidro y ya se puede dormir para toda la vida en un campo de batalla dos días después, cuando aún no han acabado de enterrar a los muertos, o en un cementerio de paquidermos. Lo que inunda la calle es el vaho de tres siglos de futilidad, del que hasta los animales huyen. Las tristes casas de lenocinio que quedan cierran sus puertas, a las que apenas llama nadie. Tiran los postigos con un ruido sordo. Las calles se quedan muertas, exudando un humor helado.

El olor es ahora enloquecedor, paralizante; no pasa un alma, no se mueve un soplo de brisa, no se oye ni un ruido. Huele a sangre de muchas capas de humanidad, a millones de brazos exangües, a limo corrompido y a tumor incurable. Los tres siglos del viejo barrio son en realidad tres paleolíticos de fatiga. Si este es el continente joven, el resto del mundo debe ser inmensamente viejo. De aquí no se sale más que para los grandes necrocomios colectivos, anteriores al complejo del aire refrigerado. Los manicomios son lugares risueños, dorados por el sol; los hospitales, hoteles suntuosos en realidad, donde nadie sufre; las cárceles, escuelas modelo.

Ya no se puede andar, el olor lo ha invadido todo, lo ha paralizado todo, lo ha petrificado todo. Huele a aliento de necrófago después de un festín. No se puede gritar. Los gritos no se oyen, no hay eco en este ambiente espeso y aglutinante, en este hedor de suicidio. Así debía oler el circo cuando quedaba vacío después de los banquetes, y el olor debié quedar oculto en algún conducto ignorado de la tierra debajo de Roma, y sale por aquí a esta hora.

En el fondo no es más que un olor maravilloso a sangre, a orgasmo, a polvo y a sudor humanos, pero tan concentrado y destilado que ya el olfato no lo reconoce y produce la locura.

A las tres de la mañana

En realidad son exageraciones, cuentos de la gente del año 10, del año de Yarini, que no tiene otra cosa de qué hablar y se aburre. Estas visiones son el ectoplasma de la leyenda, que una vez nacida crea su propio mundo y sus emanaciones y su espuma blanca. Lo que se ve no se ve si se mira bien. Que le pregunten a esta vieja judía matrona de prostíbulo que pasa escupiendo de manera incontrolable y a una velocidad increíble, a razón de sesenta escupidas por minuto hasta que se la llevan agotada, escupiendo siempre, vaciada por la estomatitis galopante que la tiene escupiendo desde que bajó del barco que la trajo de Constanza, hace mil años. O a esta guajira eternamente asqueada que está encinta hace veinte años, con el mismo vientre inquietante que no varía de tamaño. ¡Qué horrible indiferencia la de esta pareja! Tristes criaturas que bailan un danzón aterrador, de una lentilud tan exasperante que provoca gritos de desesperación entre los que la contemplan. Sentada en una silla descomunal una gorda, madre de todas las gordas, preside. Con una expresión de placer infinito y los ojos cerrados sonríe continuamente como ante una visión que ella sola ve. Está desnuda y descalza, los pechos gigantes son tan blancos que deslumbran. La cabeza y el rostro se pierden sobre este cuerpo inmenso, pero la sonrisa hace que la cara perdure y domine la calle. Todos la contemplan con una expresión de íntimo afecto.

Este público es todo de hombres de una blancura enfermiza. Pensativos y enfundados en bividís inverosímiles llevan los calcetines sujetos con ligas.

La calle se queda sola y limpia, sin una brizna de polvo. Todo está tan limpio que repugna; esta ausencia de polvo produce temblores; es un vacío lunático, sin contaminaciones ni esputos. Han extraído el aire y el calor sofoca. Los muros están llegando al punto de la ignición. Los brazos se abren por los costados, en quemaduras que comtienzan a supurar enseguida. Nada se mueve, todo se calcina. Aunque aparentemente no pasa nada, todo se está friendo, la piel estalla en burbujas de grasa hirviente que se consume rápidamente en el aire sin oxígeno. Las mirillas practicadas en las ventanas están ardiendo en silencio y alcanzan las temperaluras altísimas en que el calor es helado. Hay que marchar por el medio de la calle para no quedar pegado y desaparecer en estos muros lívidos que secan la piel. Se oye el calor, y es increíble que no estalle la conflagración. Junto a los muros hace un frío espantoso. Las paredes abrasan en frío, y para enconar las quemaduras inmediataniente, destilan un zumo viscoso, como el de ciertas plantas.

Los muros se hinchan, se contraen, tiemblan de inmovilidad. Es imposible que nada estalle en este vacío exasperante. Las manos se inflaman, hay que avanzar a ciegas, con los ojos cerrados para que no se licúen las escleróticas. La cera hierve pesadamente dentro de los oídos. Los balcones laten con unos estremecimientos que desplazan el vacío y martillan los tímpanos. Ya no hay orientación posible, ni la brújula de Cristobal Colón podría volver a funcionar aquí, y el almirante se empaparía las medias de puro miedo. Solo los viejos hedores conservan su jerarquía y en esta selva de cal refractaria sosiegan el alma y la llevan por los caminos consoladores de la esperanza.

A las cuatro de la mañana

Tus esquinas sudan horror, abren llagas. Por las noches se las oye llorar de terror, al paso de los fantasmas de las rameras y de los chulos decapitados, que en castigo a su crueldad se ahogan en su propia sangre.

Hace treinta años que tus cloacas no funcionan; están tupidas con el semen doloroso de veinte generaciones de desesperados.

Méceme, méceme en tus brazos, gran madre tierna y blenorrágica. Yo quiero ser uno de tus desesperados, participar del gran dolor banal de tus suicidas, oler el primer chorro de sangre de sus degolladuras, oír el último vagido de tus ahorcados. Méceme, hembra amorosa y supurante, en tus grandes brazos leprosos; aliméntame de las grandes pústulas desolladas de tus pechos; nútreme con tu sangre, con tus humores y con tu sudor; aliéntame con tu agrio aliento inmundo; une la sangre podrida de tus arterias a la sangre podrida de las mías. Que a mí me toque algo de tu dolor y de tu infamia, ¡no me dejes fuera de tus llagas, padre San Isidro! Límpiame, puta vieja y compasiva, con el pus de tus muslos elefantiásicos, purifícame con tus secreciones, lávame en el turbión de tus orines. No me dejes fuera de tu dolor, no me excluyas de tu pesadumbre, ¡sálvame, sálvame, púdreme, solo tú puedes salvarme!, solo en ti hallaré el descanso y el amor; imprégname, madre mía, de tu olor a vetiver y a sentina, a pachuli y a vómito. Solo de ti, madre mía, recibiré la purificación, solo tu dolor podrá redimirme. En la última hora, madre mía, padre San Isidro, sublime maricón desdentado, deposítame tumefacto y podrido en las aguas que te han asignado en la vieja bahía, para poder lamer mucho tiempo tu viejo costado purulento, con los detritus y con los peces muertos.

Notas:

* Este texto del escritor cubano Calvert Casey está tomado de la revista Ciclón, Vol. 4, No.1, 1959, pp. 15-17.

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