Dejar la isla: Eliana Rivero

Raíces desgarradas

Eliana Rivero

Preámbulo voluntario

No pienso demasiado en aquel adiós de 1961 y en los días y semanas que lo precedieron, pero las imágenes se rehúsan a abandonarme y, de vez en cuando, me asaltan cuando menos lo espero. Un día cualquiera abro Cimarroneando, la bella colección de Georgina Herrera, y se me encoge el alma al leer su poema titulado “Duda”:

¿Quién me dará, prestados,
su cabeza, sus pies, su corazón,
su cuerpo todo y sus dos brazos
para este largo viaje del retorno?

Porque volver es viajar al vacío, paradójicamente lleno de recuerdos en un pasado que no cesa. Las imágenes perviven más allá de los lustros y los sueños, a pesar de que ya se han contado cincuenta y nueve años desde el momento en que dejé para siempre la tierra original —Cuba, voz taína que significa territorio— e ingresé así a un destierro que no termina.

Pienso también en la curiosidad léxica de algunas de las voces que comienzan con la partícula “des-”: destino, desafío, desilusión, desgarramiento, desolación, desmembramiento, desconsuelo…  y no encuentro alguna que me asegure una esperanza. 

He vuelto a la ínsula madre siete veces a lo largo de medio siglo, y han sido ocasiones sacudidoras de alma y cuerpo, como si hubieran sido siete caídas de un via crucis que no logra expiar la historia, pero a la vez siete regresos a un cálido seno maternal.  Los recuerdos resultan así un camino hacia el sufrir, ameliorados no obstante por la dulzura de un poema o un tema musical, o la visión de un palmar verde en la distancia.

Tempus fugit, dijo hace siglos el romano Virgilio (al cual añadió el profundo calificativo de irreparabile), pero todo este tiempo inmenso e irrecobrable no ha apagado la sensación de vacío que me embarga cuando pienso en aquel año, aquel mes, aquella semana, aquel día en que me separé de mis raíces.

Antes de la salida

Era el otoño de 1960, y desde la escalinata de la Universidad de La Habana veía yo calles de una ciudad alborotada, llena de risas y de uniformes verde olivo. En los fines de semana, viajaba a mi pueblo natal de Artemisa, entonces provincia de Pinar del Río, en autobuses color verde que rezaban “Ómnibus Aliados”, y pasaba (desde la terminal en la avenida de Rancho Boyeros) por pueblos y entronques que proclamaban su encanto —Punta Brava, Bauta, Caimito, Guanajay— hasta llegar a la calle Maceo artemiseña donde me esperaban los saludos de familiares y vecinos.  No había colas ni escaseces entonces, sino que sobraba el júbilo.

Pero este se fue desvaneciendo, y los planes para mi éxodo del país comenzaron a ser hechos por mis padres, ya que yo era menor de edad entonces.  Se pidió visa de estudiante a la Universidad de Miami, y esta tardó unos meses en ser aprobada. Hubo otros planes, como mi salida por España con una familia amiga (mis padres se debían quedar en Cuba porque mi abuela materna no podía ser abandonada, y era muy anciana y enfermiza para sacarla del país); pero llegó la visa, y el permiso de salida no tardó en ser solicitado. Asimismo se pidió una visa de turista para que mi padre la usara al llevarme en persona a la Florida, donde había unos parientes que aceptaron acogerme, y después regresar a Cuba.

En el mes de diciembre de 1960,  los negocios de familia fueron nacionalizados, intervenidos por el gobierno revolucionario.  Mi familia perdió todas sus propiedades,  y el futuro se veía tan oscuro como el presente. Pero yo persistí en incorporarme a lo que veía entonces como un proyecto joven y nacionalista, y decidí asistir a una reunión de la Juventud Universitaria (desde antes llamada Federación Estudiantil Universitaria, o FEU) que convocó la escuela de Ciencias donde yo cursaba asignaturas de Física, Química, Trigonometría y Matemáticas avanzadas junto con estudiantes de la escuela de Ingeniería.

Yo no quería irme de Cuba, aunque mis padres insistían. Ya había estado yo de muy jovencita  en un colegio para muchachas en el estado de Virginia en 1958, donde mejoré mi inglés, y seguir mis estudios superiores en los Estados Unidos no parecía una movida descabellada.  Pero había fervor entre los jóvenes, y yo era entonces amiga de algunos estudiantes revolucionarios, que alguna vez me ofrecieron llevarme a casa para que no tuviera que tomar el autobús (la “guagua” para ellos),  y cuando me aparecí en Artemisa en  un auto manejado por un joven vestido de uniforme verde olivo, amigo de la chica que me había ofrecido transporte, y que después resultó ser comandante del ejército, creí que a mi padre le iba a ocasionar un infarto aquel gesto.  Eran tiempos felices, de cierto modo, sobre todo después de haber vivido los últimos días de la dictadura de Fulgencio Batista.

Pero volviendo a la reunión de estudiantes a la que asistí: aquel fue el momento decisivo en que me resigné al destierro y a mi destino. Porque en medio de aquel “meeting”, liderado por  una muchacha de la organización de jóvenes comunistas llamada Silvia Blanco (cómo podré olvidar ese nombre), quise hacer una pregunta y levanté la mano. Aquella Silvia (que por cierto era muy blanca de piel, medio pelirroja y con pecas) me dijo, con algo que sonaba como desprecio en su voz: “Tú no tienes derecho a hablar aquí. Tú eres hija de latifundistas”.  Me quedé con la boca abierta, bajé la mano y guardé silencio absoluto durante el resto de la reunión (además de que no entendía el insulto, porque mi padre no era dueño de latifundios).  Pero al final salí rápido, sin hablar con nadie,  volví a mi casa en los Ómnibus Aliados, y una hora y media después, cuando llegué a nuestro domicilio en la Calle Yara 3515 (cómo voy a olvidar ese número), le dije a mi padre: “Si quieres, me voy”.

De ese momento en adelante, viví casi como un fantasma, sin salir mucho sino a la iglesia de mi pueblo y a casa de mis abuelos de vez en cuando, tratando de pensar qué me podría llevar de Cuba, de mi país, qué tesoros y recuerdos me permitirían sacar las autoridades que registraban en aduanas lo que los pasajeros llevaban en una sola maleta. No se permitía sacar nada que fuese joyas ni oro ni plata, por supuesto, ni aparatos electrónicos (que entonces se reducían tal vez a un pequeño radio de transistores hecho en Japón) ni muchas ropas. Lo que más me dolía dejar eran tres cosas, tres objetos materiales (además de mi hogar y a mis padres: yo era hija única, criada con todas las ventajas y oportunidades de una familia de clase media alta en la isla prerrevolucionaria). Esos tres objetos eran: mi piano, mis libros, y mi muñeca china. 

En otra parte he escrito sobre esa muñequita (“Frida y yo”,  Labrapalabra . Enero 8, 2019, aunque desafortunadamente ese sitio ya no existe.)  Aquí solo diré que era una pequeña figura vestida con un trajecito y pantalones de raso color vivo que mi madre me había regalado, y vivía junto a mi cama en una mesita donde reposaba junto al reloj despertador.  Siempre la veía antes de dormirme. Pero nada, no la podía llevar conmigo, después de la última noche que pasé en mi cuarto con cortinas color rosa.  Muchos años después, al visitar la casa de Frida Kahlo en Coyoacán, México, encontré una muñequita igual junto al lecho de la ilustre pintora. Coincidencias del destino que nos colorean la vida.

Eso sí, la música no me resigné a perderla, y me dije: “Si no me puedo llevar mi piano y mis libros, me voy a llevar mi música en la cabeza y el corazón”.  De manera que me sentaba al teclado tres, cuatro, hasta cinco horas diarias para aprenderme todas aquellas partituras que debía abandonar. Y llegué a saber de memoria alrededor de ciento cincuenta piezas, que iban desde Beethoven, Chopin y Mendelssohn hasta Lecuona, Cervantes, Sánchez de Fuentes y otros músicos cubanos tradicionales, además de los boleros del “filin” que yo había logrado escuchar, en un bar de La rampa en La Habana, tocados por las manos mágicas de Frank Domínguez: Tú me acostumbraste, Imágenes, y otros.

Otra cosa fueron los libros: imposible cargar con ellos. Mis joyas impresas de la niñez: El tesoro de la juventud y todos sus volúmenes, Las mil y una noches, Alicia en el país de las maravillas, La edad de oro, y sobre todo, el tomo que me inició en la poesía hispánica, Lo que sabía mi loro (que por otro milagro del destino, he encontrado en una nueva edición española en Amazon). Entonces me puse, no a aprender, porque ya me los sabía, sino a recitar en alta voz aquellos poemas que me habían sido regalados a la edad de seis, siete, ocho años, y que a la edad de diecinueve recordaba con fruición, como “La canción del pirata”, de José de Espronceda, que aquí también cito de memoria:

Con diez cañones por banda
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido
en todo mar conocido
del uno al otro confín. 

Tal pareciera entonces que los días, semanas y meses previos a mi salida de la tierra natal se llenaron de arte, porque también recuerdo haber asistido en aquellos meses a unas funciones de ballet en las que vi a Alicia Alonso bailar con Rudolf Nureyev los famosos pas de deux del Cisne Negro de Tchaikovsky y el  Don Quijote de Minkus, a las que asistí con un primo que después se convirtió en bailarín con la compañía de Alberto Alonso.

Mi padre consiguió aliviar un poco la premura que sabíamos me iba a asaltar en el exilio por falta de fondos, y mandó a mis parientes en Miami, por valija diplomática (gracias a la embajada del Ecuador en La Habana entonces) unas joyas de oro y diamantes y unas monedas cubanas valiosas. Ellas me ayudaron económicamente cuando me encontré en la Florida con solo cinco dólares en el bolsillo a partir de abril de 1961 (esa era la cantidad permitida a los emigrantes cubanos en aquel entonces).

Así, las últimas semanas en Cuba estuvieron llenas de preparativos, visitas a mis abuelas (una de las cuales no vi nunca más), horas al piano, y algún paseo a cañaverales donde mi padre quería que yo probase pedazos del cultivo primario de la isla. Nunca olvidaré aquella dulzura del Saccharum officinarum (mis estudios de ciencia también habían incluido botánica, asignatura que me encantaba) en combinación con la letra de La habanera “Tú” de Eduardo Sánchez de Fuentes: “Dulce es la caña, pero más lo es tu voz, que la amargura quita del corazón, y al contemplarte suspira mi laúd, bendiciéndote hermosa y triunfal, porque Cuba eres tú”.

El último día 

No hubo que despertarme ese jueves 13 de abril de 1961. Ya estaba todo listo. Miré por última vez mi muñequita china, pude tomar algunos sorbos del café con leche que me había preparado mi mamá, y nos dispusimos a subir al automóvil de mi padre, un Oldsmobile color azul pálido que por poco pierde esa semana, porque se lo intervinieron al suponer que se había ido (a su regreso de Miami, tuvo que pasar horas frente a la casa del jefe del partido en Artemisa, un médico que se llamaba Carlos Díaz, para que le devolvieran su “máquina”).

Llegamos al aeropuerto internacional de Rancho Boyeros (todavía no le llamábamos José Martí) en una hora y media. El vuelo salía dentro de dos horas, y había que pasar por aduana y por inmigración antes de ello. El despedirme de mi madre no fue fácil: ella lloraba incontrolablemente, y yo trataba de consolarla a la vez que lloraba lágrimas escondidas, por dentro. Mi padre pasó rápido por la aduana, porque dijo que regresaba y mostró su visa de turista. Conmigo fue diferente: yo tenía visa de estudiante para permanecer en Estados Unidos. Tuve que abrir la maleta y, horror de horrores, había metido en el equipaje —jovencita coqueta al fin— un secador eléctrico de pelo. El oficial de aduana me dijo que lo sentía, pero no podía llevarme ese objeto, y ya casi me lo quitaban cuando suena una voz detrás de aquel hombre, miro en esa dirección, y veo la cara sonriente de uno de mis jóvenes vecinos de Artemisa, Orlando Redondo (hermano del comandante revolucionario Ciro Redondo, expedicionario del Granma y combatiente en la Sierra Maestra, que había perdido la vida en batalla contra las tropas de Batista). Yo, por casualidad, había bailado con él en algunas fiestecitas del barrio y parece que le caí bien, porque le dijo al otro: “Déjala, déjala, yo me encargo de esto”. Cerró la maleta, me sonrió de nuevo, y me dijo: “Puedes pasar, buen viaje”. 

Después de ese encuentro, nos hicieron atravesar la aduana e ingresar a lo que entonces se llamaba “la pecera”, una sala de espera con tabiques de vidrio donde aguardaban su vuelo los pasajeros. Y he aquí la imagen más persistente de todos esos días, que continúa grabada en la retina después de más de medio siglo: la cara llorosa de mi madre al otro lado del cristal, de aquellos vidrios no muy limpios que separaban a las familias, de aquella partición que en su transparencia era a la vez bondadosa y cruel, porque dejaba ver pero no tocar, mirar pero no abrazar, hablar pero no oír, llorar sin consuelo o quizás sonreír con la esperanza de un rencuentro futuro. Levantamos la mano para decir adiós y salimos por la puerta hacia la pista donde esperaba el vuelo de Cubana de Aviación. No pudimos ver más, y fue inútil volver la vista hacia atrás porque el muro exterior del edificio ya no era transparente.

Mi padre y yo llegamos a Miami el jueves 13 de abril de 1961. Cuatro días después, se produjo el desembarco de cubanos anticastristas en Playa Girón, llamada Bahía de Cochinos en la Florida. Un primo y un buen amigo iban entre esas tropas que desembarcaron en la madrugada del domingo 16 al lunes 17. El buen amigo resultó muerto en la lucha; el primo fue devuelto a los Estados Unidos, cambiado por tractores. Mi padre regresó a Cuba una semana después, y cuando volvió a Artemisa por medio de otro transporte, recibió la noticia de que le habían decomisado su “máquina” porque creían que no volvía (y porque al jefe del partido le gustaba mucho ese Oldsmobile azul).

Final sin fin

Este transitar por los recuerdos de aquellos últimos días en la isla original, en la patria insular, me recuerda unos de los famosos versos de José María Heredia (también aprendidos en la infancia): “Este recuerdo a mi pesar me viene. Nada, oh Niágara, falta a tu destino.”

Y a mi destino no le faltan los recuerdos de las palmas y las cañas de azúcar, y de mi familia ya muerta o esparcida por el mundo de la diáspora cubana,  pero siempre le vendrán a la medida los versos finales del poema de Georgina Herrera:

¿quiénes me prestarán sus manos,
sus pañuelos, todas las vasijas del mundo
cuando me den la salubre bienvenida
tantas lágrimas viejas?*

Notas:

* Citado de la edición bilingüe Georgina Herrera, Always Rebellious/Cimarroneando. Ed. Juanamaria Cordones-Cook. Chico, CA, Cubana Books, 2014.

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