‘Barquito’ de Dashel Hernández

Néstor Díaz de Villegas

He estado llorando y leyendo a Dashel Hernández, al mismo tiempo. Nada, lo de siempre. Llanto, confusión y tristeza. Es una enorme carga la que llevamos los cubanos: un país de Sísifos. La angustia que provoca leer estas memorias produce desconcierto; cada dos segundos tengo que obligarme a retomar el hilo y seguir leyendo. Hay algo ahí que no es precisamente literatura. Es guión, es cine, es desgarrón. Es un test de Rorschach. Maldita la cultura para la que un huevo no es un huevo sino una piedra, un arma. Maldita la historia que fabrica efigies con los rostros de los criminales. Infeliz infancia la mía, y maldita la niñez de todas las generaciones que vivieron bajo el despotismo.

El cuento de Dashel Hernández se me antoja un libreto, notas de dirección para un público de incrédulos, de “amigos de Cuba”. Una performance y un docudrama. Poner a un grupo de “simpatizantes” en un escenario; contratar a productores, luminotécnicos, vestuaristas, escenógrafos y electricistas. Dar a los actores pelucas, bigotes, pitusas, guardapolvos y batas de casa de la época en cuestión. Hacer que el grupo A lance huevos, insultos y consignas al grupo B, que saldrá de escena ensopado, humillado y traumatizado, directo a las duchas. Después de limpiarse, el grupo B tomará el lugar del grupo A, que ahora será el blanco del acto de repudio. Un círculo vicioso. Un círculo viscoso. El huevo de Colón que es el huevo de Castro: doble aporía. El inocente “Barquito” es también la nave de una mitología: los mitos de una isla con sus propias tragedias y su propia paideia.

Barquito

(Tradescantia pallida)

Dashel Hernández

Viernes 27 de junio de 1980

Sin camisa y sin zapatos, usando un short cosido a mano por su abuela, Javier Antonio juega en el pasillo de casa. Le gusta acostarse en el piso para mirar de cerca las hormigas y las hojas del jardín. El tono morado intenso de esa planta que se esparce sobre las losas gastadas por la lluvia llama ahora su atención. 

La abuela está al teléfono. Ha tomado un descanso de la máquina de coser en la que se sienta por horas a bordar canastillas. A veces Javier se sube en sus piernas para que le explique con lujo de detalles lo que está cosiendo en su aro grande y redondo: pato, gallina, estanque (con q, estante es el de los libros), pollito, sol, florecitas. Ya Javier tiene obsesión por nombrarlo todo, y por conocer la historia de todas las cosas. Sin cesar, su voz chillona y dulce formula parrafadas de preguntas en oraciones completas. En septiembre cumplirá tres años.

—Abuela, ¿cómo se llama esta matica?

Metida de a lleno en la conversación, la abuela parece no escuchar. A falta de respuesta, Javier se levanta y va hasta el cuarto: 

—Esta, mira, esta —y le extiende la rama recién cortada. 

La abuela tapa el auricular del teléfono y sonríe meneando la cabeza. 

—¡Pero, muchacho!, ¡¿tú no pudiste esperar a que yo fuera allá?! Las plantas no se arrancan. Esta se llama barquito y sirve para hacer cocimiento y para curar los moretones de las rodillas. Déjame hablar ahora. Sigue jugando tú solito. En un rato te preparo una merienda. Mira, toma, te voy a prestar el almanaque de tu mamá. 

—Bar-qu-ito —repite Javier en voz baja caminando de vuelta al jardín.

Ay, mija, que este niño no me da respiro, ¿qué te estaba diciendo? Ah, el médico. Sí, claro que lo conoces: es el que vive a cuatro casas, en esta misma acera, después de Octavia. ¡Sí, ese mismo! el doctor Diéguez. Yo te lo presenté una vez, ¿ya te acuerdas? Claro, hija, eso era de esperarse; imagínate, él tiene a toda su familia allá; fuera de la esposa y los hijos, aquí no le queda nadie. Yo no sé qué me voy a hacer ahora cuando el niño se enferme… ¿Cómo? ¿Qué tú dices? ¡No, mija, no, ni muerta! A mí me avisaron, pero yo por nada del mundo me meto en una cosa de esas. Conmigo que no cuenten para nada de eso. Qué horror, Dios mío. Con la de favores que este barrio le debe a ese hombre. Igual, hay mucha gente que no lo soporta: tiene fama de burgués. A mí me da una cosa por dentro cada vez que oigo hablar mal de él. Ay, niña, pero si ese hombre es un santo. A la hora que sea que tú le toques la puerta él viene a atenderte, y más si se trata de un niño. La de veces que lo hemos despertado a las dos de la mañana por la fiebre de Javier y, oiga, sin chistar. Y ni un café le aceptaba a una. Yo nunca he visto cosa igual. Y sus hijos decentísimos, muy respetuosos siempre. No les falta el buenos días ni el usted. Se ve que tuvieron una educación esmerada. A mí lo que me parte el alma es ver a su esposa; ella tiene problemas de los nervios. ¿Cómo? Sí, sí, esa misma, la señora alta, muy elegante; tú la viste aquí una vez, por aquel vestido que ella quería que yo le arreglara. Muy buena persona también, muy decente. Pero me da una lástima. Fíjate que se me hace un nudo en la garganta al hablar de eso. Ella nunca se recuperó, la pobre. Yo me acuerdo tanto de la niña: rubita y con el pelo rizado, era la más chiquita de los cuatro hijos. ¿Cómo? Sí, mija, sí, ya ellos vivían aquí. Fue a los pocos meses de mudarse. Pobrecito angelito, ahora tendría casi quince años. Qué terrible fue aquello. Un día jugando y corriendo, y a los dos días ya la estaban velando en la funeraria: una meningo fulminante. Tal y como te digo, no duró 24 horas en el hospital. El doctor siempre se ha culpado por eso, aunque no se lo dice a nadie, y su esposa nunca más volvió a ser gente. Seis añitos nada más, acabaditos de cumplir. Yo creo que a la niña le echaron un mal de ojo, sabes. Pero Conchita dice que no, que eso estaba escrito, que la niña era un espíritu muy evolucionado y que nada más tenía que vivir esos años en la tierra. Bueno, ella que crea lo que quiera pero yo te digo que eso es un horror incomparable. Con tantos niños que él salvó y su hijita se le fue de las manos en un día, sin poder hacer nada. Tan buen médico, médico de antes. Mira, Javier Antonio le debe su vida a ese hombre, para que tu sepas. Si no fuera por él, se le hubiera muerto en la barriga a su madre. Imagínate, en Maternidad querían que ella lo pariera de todos modos. Pero cómo va a parir a ese muchachote —nueve libras pesó el cabrón. Y su madre ahí puja que puja que puja y nada. Tres días se pasó en el hospital, y nada. Entonces yo mandé a buscar a Diéguez. ¿Cómo? Sí, mija, escondida de los médicos de Maternidad. Le mandé un recado a su casa y vino enseguida. Oye, y se armó un corre corre cuando aquel hombre se apareció en la Sala de Prepartos. No sabían dónde meterse porque le tenían mucho respeto, casi terror. Y cuando él reconoció a la madre, ay mijita, le armó un escándalo a aquellos médicos del materno que en dos horas ya le estaban haciendo la cesárea. Fíjate, que hasta se había hecho caca el niño, pobrecito. Envuelto en mierda lo sacaron de la barriga de su mamá, y todo morado. Yo creo que por eso se demoró tanto en caminar. ¿Cómo? Sí, mija, Javier Antonio empezó a caminar a los dos años, ¿no te acuerdas? Pero ahí está, como si nada. Eso sí, habla como una cotorra, y todo lo repite. Hay que tener un cuidado con él porque embarca a cualquiera. Sí, muchacha, para qué contarte. Mira, el otro día vino Valeria, la del CDR, buscando un dedal prestado. Y yo el único que tengo no se lo podía dar, ella tiene fama de no devolver nada. Pues mija, me pide el dedal, le digo que no lo tengo, y Javier con las orejas paradas se va al cuarto y regresa con el dedal en el dedito: mira, Abu, ¿no es esta la cosita que buscas? Ay, mija, se me quería caer la cara de vergüenza, en fin. ¿Cómo? Ah, sí, te decía que (…) Oye (…) Ay, espérate un momento mi prima que siento un ruido en la puerta. Déjame asomarme. Espérame un segundito (…)(…)(…) Oye, mija, te tengo que dejar, que ahí está llegando la madre del niño, parece que salió temprano del trabajo. Yo te llamo luego y te cuento. Abur, mi prima, hablamos luego; sí, cuídate tú también. ¡Abur!

La madre de Javier Antonio tiene la cara pálida y le tiemblan un poco las manos al llegar a la cocina. Suelta la cartera llena de libros en la mesa y cae desplomada en el sillón verde.

—¿Cerraste bien la puerta? —pregunta nerviosa la abuela.

—Sí, y la ventana también. Hay tremendo molote. Prepárame un agua con azúcar, por favor, siento que se me va el alma del cuerpo. ¿Y el niño? 

—En el jardín —responde la abuela revolviendo el azúcar prieta en el agua fría—. Toma.

De pronto, se sienten unos pasos apurados en el tejado. 

—¡Ay, Dios mío, me desbaratan las tejas! —exclama la abuela— ¿Qué es esto por tu vida? ¿Van a pasar por mi techo también?

—Cierra la puerta del pasillo y no dejes que el niño se asome a la sala. Voy a cambiarme de ropa —dice la madre con voz cortada—; y pon la radio, por favor, a ver si la música se lleva lo malo. 

En menos de cinco minutos la madre regresa del cuarto, agarra un libro de su bolso y va a sentarse en el piso del pasillo junto a Javier Antonio. El niño sonríe mirando con insistencia su almanaque rojo y brillante.

—Se llama Misha: ¡el osito Misha!

… 

El doctor Diéguez levanta sigilosamente la esquina de una cortina de la sala para mirar afuera. Lo que media hora antes era un grupo de diez personas, se ha convertido en un tumulto. Ya han puesto un micrófono y dos bafles grandes en la acera de enfrente. En primera fila, detrás del micrófono, está apostada Valeria, la presidenta del CDR. Lleva puesta una bata de casa raída y un pañuelo rojo cubre los rolos en su cabeza. A la derecha del micrófono, un nutrido grupo de médicos, todos con sus batas blancas. Son los profesores de la Escuela de Medicina donde enseñaba Diéguez hasta el mes pasado. Traen consigo una caja de cartón grande cerrada. A la izquierda, un grupo de pioneros y maestras de la escuela primaria que está al doblar. Detrás de ellos, desbordando las aceras y la calle, una multitud de gente de todos los colores y tamaños. Unos van sin camisa, otros llevan pancartas hechas a mano, y otros llevan botellas de ron. Cinco policías uniformados pasean la mirada por el grupo. No hay tráfico en la calle. Dos patrullas, una en cada esquina, cierran la cuadra. Ni guaguas, ni bicicletas, ni carros, ni motos. Silencio y murmullo. 

—Lleven a su madre para el cuarto y no dejen que salga de ahí por nada del mundo. Y cierren bien las ventanas —dice Diéguez a sus dos hijos menores. 

El doctor y su hijo mayor se quedan en la sala, sentados los dos en el sillón grande del recibidor. El hijo cruza su brazo por sobre los hombros del viejo. Son las dos y treinta de la tarde en Camagüey, Cuba. 

El tumulto sigue creciendo sin cesar. Con cada persona que se suma, aumenta el murmullo. Valeria se acerca al micrófono y le da unos golpes toscos con sus dedos arrugados. El feedback agudo y molesto que producen los bafles hace que todos se tapen los oídos. La presidenta toma aire y expande los pulmones mirando con furia a la casa del doctor. Como el primer trueno que desata la tormenta, su alarido libera toda la tensión acumulada: 

—¡Escoriaaaaaa! 

Al instante, su marido mete la cabeza por sobre la de ella y grita escupiendo el micrófono con saliva y ron: 

—¡Gusano! ¡Maricón! ¡Burgués! 

Y entonces el gentío estalla en una algarabía: 

—¡Que se vayan! ¡Que se vayan! ¡Que se vayan!

—¡Viva Fidel! —Se escucha chillar a una pionerita del grupo de niños. 

—¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel! —responde el pueblo. 

Por detrás del coro, retumban los gritos roncos del esposo de la presidenta: ¡Maricón! ¡Burgués! ¡Gusano! Como un contrapunto proletario: ¡Fidel! (maricón) ¡Fidel! (burgués) ¡Fidel! (gusano) 

—¡Fuera las ratas! ¡Que se vayan! 

Valeria, desde el micrófono, vuelve a dirigir la orquesta: 

—¡Gusano, lechuza, te vendes por pitusa! ¡Gusano, lechuza, te vendes por pitusa! ¡Gusano, lechuza, te vendes por pitusa! 

Y entonces suena el primer golpe. Un ladrillo grande contra la reja art nouveau de la puerta. Es un golpe seco que resuena en toda la casa del doctor, y otro, y otro más. Pero los ladrillos rebotan contra el hierro forjado de la reja y contra la caoba de la puerta. Comienzan a partirlos y a tirar los trozos más pequeños. Un vitral roto, otro vitral roto, otro más. 

—¡Gusano! ¡Maricón! ¡Burgués!

Al menos diez personas se han logrado subir al techo del doctor, algunos pasando de casa en casa, por sobre los techos de los vecinos. Recogen trozos de ladrillos y arrancan algunas tejas para intentar lanzarlas contra las ventanas interiores.

—¡Fuera las ratas! ¡Que se vayan!

La pionerita toma el micrófono y la multitud hace silencio. Su voz conmovida llena ahora toda la cuadra: “Nemesia, flor carbonera…”  

La maestra, a su lado, tiene el libro abierto por si se le olvida algún verso. Algunos en el público, recitan a coro con la niña. Ni gritos ni ladrillos, solo se escucha su voz infantil, cortada por el llanto, declamando los últimos versos: 

“ni yanquis ni mercenarios 
apagarán en la patria 
este sol que está brillando, 
para que todas las niñas 
¡tengan zapaticos blancos!” 

¡Bravo! Todos rompen en aplausos y en gritos de “Viva Fidel”. La niña llora emocionadamente y Valeria la abraza llorando también. Su esposo vuelve la mirada a la casa de Diéguez y se pega al micrófono:

—¡Maricón, escoria, gusano! ¡Sal si eres hombre!

—¡Fuera las ratas! ¡Que se vayan! —repite el coro.

Dentro, los dos hijos medianos del doctor Diéguez consuelan a su madre en el cuarto. Solo Diéguez y su hijo mayor permanecen en la sala. Ahora se han ido a sentar, uno al lado del otro, en el sofá de la saleta para evitar los trozos de ladrillos que se cuelan por las ventanas rotas. El doctor tiene un rosario en la mano. No puede concentrarse en rezar, pero sentir las cuentas redondeadas entre sus dedos lo calma un poco. Es lunes. Son ya las 4 de la tarde.

Entonces, en ese instante, sucede lo indecible. Los ex-compañeros de trabajo del doctor Diéguez abren la caja grande que han traído con ellos y comienzan a sacar huesos humanos. Son los mismos que utilizaban para dar sus clases de Anatomía; huesos viejos, posiblemente de algún haitiano sin familia. La doctora Mariela es la primera en esgrimir un fémur; a su lado el Dr. Mario sostiene un cúbito. A una señal del secretario del núcleo del Partido, comienzan a lanzarlos contra la puerta y las ventanas de la casa. Uno tras otro van cayendo radios, vértebras, rótulas, húmeros y tibias. Los huesos se acumulan en la acera junto a los trozos de ladrillo roto. Algunas vértebras secas logran atravesar las ventanas rotas y aterrizan en medio de la sala.

Y entonces se escucha aquella voz:

—¡Aquí te traemos los huesos de tu hija, para que te los lleves contigo!

¡Escoria! ¡Maricón! ¡Gusano!

—Mira, ahí está Lenin, está dormido; ¿y dónde está? ¡en Moscú! ¿Y a dónde se va a estudiar mamá? ¡A Moscú! ¿Y dónde van a ser la Olimpiadas este año? ¡En Moscú! ¿Y cómo se llama el osito? Misha: МИ-ША. Vamos, vamos a cantar juntos la canción del radio.

Javier abraza a su madre y besa sonoramente el almanaque rojo. Los ojos saltones del oso lo miran fijamente ¿Por qué sonríe el osito; por qué sonríe tanto? 

La voz de Pablo Milanés llena todo el pasillo: 

Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada,
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes… 

Sin camisa y sin zapatos, usando un short cosido a mano, Javier Antonio juega en el jardín de su abuela. Cuatro casas más allá, sin fuerzas ni consuelo, el doctor Diéguez se abraza a su hijo. Lloran los dos en silencio. 

Sube la radio, mamá, que todavía aquí se oyen los gritos.

Miami Beach, Junio 27 y 2020

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