Dejar la isla: om ulloa

en la “pecera”

om ulloa

forallrevolutionswillBE fromnowONtelevised. switchITon. turnthemOFF.

6 de diciembre. 1968. après Praga-París-DF.

éramos ya casi libres. siendo la sombra de nosotros mismos, los que una vez fuimos cubanos degradados a “gusanos”, ya en la sala de espera —“pecera”— del aeropuerto de rancho boyeros. labanacuba. allí aún éramos pececitos-casi-ahogados, observados por última vez, esperando que llegara el avión de Iberia, de Mexicana, de la KLM. cualquiera, y nos llevara lejos del charco y poder entonces respirar. en el amplio océano. mientras, allí estábamos. tiesos, sin apenas movernos, vigilados por los “milicianos” tras las cuatro paredes de cristal. toda conversación o movimiento silenciado con sus miradas. hacía calor, a pesar de diciembre. aún estábamos en la isla. fermosa y maldita desde el primer día. después de varios días de tensión tras la llegada del “telegrama” —papelucho indispensable para la huída— a nuestra casa matancera. el escape de toda jerga rimbombante y recargada de vacíos patriotismos insulsos. faltante de todo, desde ya entonces. ah, pero el papelucho había llegado incompleto. no incluía al hermano varón, único útil para hombrenuevo, casi ya arribando a la heroicamente proclamada “edad del servicio militar obligatorio”. revojergahueca revojergapaja revojergamierda. así, incompleto nuestro “núcleo familiar”, mi madre se había puesto pálida, leyendo los tres nombres… y el cuarto, ¿dónde-dios-dónde?

en cuestión de horas ella ya en la guagua camino a labanacuba, dispuesta a sentarse, humillada e ignorada, el tiempo que fuera necesario en incómodas sillas de las oficinas gubernamentales del “Laguito” hasta que alguien se dignara a arañar el nombre del varón ausente en el telegrama. antes de irse nos lo advirtió, seria: los cuatro o nadie. oyéndola, el hermano bajaba la cabeza y yo aplastaba hormigas en el patio, detrás de las arecas, con mis sandalias rusas. o checas. o búlgaras. mientras tanto, mi padre ya avisado, en otra guagua venía desde el “campamento agrícola” adonde lo habían enviado meses antes a “colaborar” con la pesadilla de los diez millones de cañas que nunca dieron suficiente azúcar, último castiguito por no compartir los grandiosos idealismos de otros. los más patrióticos que nadie. los que las historietas cómicas absolverían. algún día. aún lejano. sesenta años después.

entonces, tras una semana de angustia y tensión, y ocho años (desde la verborrea1960: ¿elecciones para qué? y el maternal espantogritería: ¡hay que irse de esta mierda ya!) de tratar de irnos por lancha, por Varadero, por Camarioca, o por donde abrieran grieta, por fin nosotros en la “pecera”, sentados allí donde metían a los indeseables decididos a irse del paraíso obrerotropical de las américas. los hombres, con saco y corbatita estrechita de la época, sudaban cabizbajos. las mujeres con intento de dignidad y elegancia en traje y chaqueta y pañuelo sobrio al cuello miraban para todos los lados, ansiosas, preocupadas de que los niños no hicieran bulla. y los niños, nosotros los de la segunda generación perdida del experimento, con varios suéteres y medias puestos —porque “nos vamos” al frío, del norte o del este— aguantando las ganas de orinar, de llorar, de comer, de hablar porque los padres se habían pasado días advirtiéndonos que en la “pecera” no se podía ni chistar. sólo si te llamaban. y eso, ya casi en la puerta de la libertad, era lo peor que podía pasar. 

porque si te llamaban una vez dentro de la “pecera” era pura salación. era sacar al pez-con-agallas que casi ya éramos del amplio océano que ya casi se nos abría —allí donde casi podríamos respirar después de vivir sin agallas tantos años— y, después de enrollar la pita de la caña, agarrarlo de la punta del anzuelo y tirarlo a tierra, rodeado otra vez del maloliente charquito donde se iba a morir poco a poco por falta de todo y exceso de nada. y si de pronto escuchabas tu apellido por los altavoces de la “pecera”, al contestar con voz enflaquecida por el pavor ya sabías que no te ibas a poder montar en el avioncito de lata e ilusiones porque ya se las habían ingeniado para, desde el trono del “poder del pueblo” —que ahora ocupaba un rey impuesto inventado de paja patriótica— encontrar una o dos moscas muertas en tu expediente de vida. en tus acciones “contrarrevolucionarias” que te obligaban a irte. del país. la patria. y podría ser una mosca aplastada desde un día en la secundaria en que el hermano había jugado a la pelota con sus amigos con un libraco de marx, hallado tirado en el patio y que les sirvió de proyectil atlético. o podrían obligarte a cumplir mil años de cárcel porque otra mosca se coló en tu expediente e indicaba que sin darte tú ni cuenta, cuando tus otrora compatriotas, hermanos culturales, se apropiaron de tu muy sudado incipiente negocio —porque de pronto pasaste a ser de ferretero a un “puñetero burgués” — y no tenías cómo alimentar a tu familia, te convertiste en contrabandista de todo lo que te cayera en las manos desde 1965, como había hecho el padre. por eso, si a los otros que querían imponerte sus idealismos prestados de climas ajenos les daba la gana, te podían sacar de la “pecera”, anhelada antesala al mar, al mundo. entonces no habría posibilidad de otro mar, otro cielo, otra vida si te halaban fuera de esa “pecera”, purgatorio a la inversa donde nadie se movía y los niños parecían títeres sin cuerdas.

un miliciano tosía y nos miraba a través de sus espejuelos oscuros, como los del líder supremo. otro lo miraba para ver si aquel tic nervioso en el ojo del primero era una señal de sospecha. el de más allá miraba a los dos con las cejas alzadas en interrogativa. herederos los tres de los impuestos idealismos de otros mientras que nosotros nos revolvíamos inquietos en los asientos. de pronto, por un pasillo exterior a la “pecera” de cristal empezaron a pasar rusos, checos o polacos de alguna delegación de confraternidad con el obrero pueblo cubano. cosacos que venían a enseñarnos a hacerlo todo mejor, aquello que siempre se había hecho bien en nuestra tierra de nadie: a producir y cortar caña de azúcar o sembrar café y tabaco; a indicar cómo había que aguantar el machete o hincar la guataca en la fermosa tierra nuestra porque, después de tantos siglos de zafras y tabacafetales, ínfimas maldiciones de tierra negra, humeante y dulce, los indígenas no lo hacíamos bien, partía de brutos ex capitalistas. pálidos de piel y rojos de mofletes, los nuevos invasores venían contentos y felices a sus vacaciones en el trópico, liberados de sus grises cajones congelados y sus gorros de piel de zorro. muy pronto acabarían con las pocas reservas robadas que quedaban de la bacardí. ya se fumarían todos los tabacos viejos con nuevos falsos cuños y se pasarían unas cuantas negras y mulatas por la bragueta antes de volver a abordar su aeroflot destartalado y ruidoso y regresar a su nieve sucia y su alfabeto atragantado de consonantes. al pasar por la “pecera” nos miraron como se mira a los animales enjaulados, con curiosidad e indiferencia simultánea. éramos souvenirs expuestos a todo, sin poder de nada, tal y como habíamos vivido los últimos nueve años. y quién iba a saber entonces, en la “pecera”, que casi treinta años después rusos, checos y polacos tendrían espectaculares revoluciones de vodka, de terciopelo y de ladrillos sueltos que harían desmoronar todas las estatuas de ajenos líderes impuestos sin apenas sangre, mientras nosotros —somoscuba— seguiríamos con una falsa revolución sin-ton-pero-con-son-y-ron clavada en todas las extremidades.

los tres milicianos cambiaron de posición y de pronto se oyó el ruido de la estática eléctrica en las bocinas de la “pecera”. una voz de mujer, clara y de preciso acento habanero, se difundió rebotando en todos los vidrios que nos rodeaban. fulanito de tal y tal y sus acompañantes, repórtense al oficial más cual. uno de los milicianos dio un paso adelante. nadie se movió ni se levantó. el miliciano nos miró hinchado de soberbia viril, apenas hombrenuevo. se acababa el 68 y ellos aún se creían la mentira al pie de la letra. ya esbirros aún no eran “marielitos” ni “balseros” ni “emigradosYOnohablodepolítica” dentro de la sublime diasporitexilio. aún defendían los idealismos impuestos de otros, fi(d)eles otrora compatriotas culturales que ahora nos despreciaban porque éramos “vendepatrias”, “gusanos” solo porque no pensábamos como ellos. el flamante milico repitió el nombre del infeliz a quien le habían encontrado la primera mosca aplastada en el expediente. un hombre flaco por fin se puso de pie, titubeante. se acercó al miliciano. hacía gestos de imploración hacia una mujer y un niño. la mujer había empezado a llorar. el niño tenía la barbilla hincada en el pecho. el miliciano negó con la cabeza y empujó al hombre a un lado. le hizo gesto a la mujer para que se levantara. temblorosa, la mujer cogió al niño de la mano y se acercó a su marido. salieron detrás del miliciano, los tres vestidos de domingo, alicaídos, grises. mi madre suspiró y me apretó la mano. mi padre apretó aún más sus ojos cerrados y las mandíbulas tensas de tanto rechinar los dientes desde la llegada del telegrama. alguien, muy bajito, dijo “…josdeputa” mientras se llevaban a la familia, pero el silencio se tragó el insulto. cayó en el pozo profundo de la “pecera”, pozo de ansiedad y anhelos. el pesar se adueñó de todos durante las siguientes horas en que nadie ni tosía.

por fin llegó un avión de Mexicana y llamaron a un grupo. los hombres iban nerviosos, los niños lloriqueaban y a las mujeres se les viraban los finitos tacones al caminar en fila india hacia la puerta que los llevaría afuera, donde tendrían que caminar por la pista hasta la escalerilla del avión. según las instrucciones milicianas, en ningún momento podrían darse vuelta y mirar hacia la terraza donde se apretujaban los familiares que querían decirnos adiós, advertía uno de los milicianos. se fueron aquellos a México y quedamos nosotros en la “pecera”, esperando la carabela que nos iba a llevar a la madre patria en un viaje de descubrimiento a la inversa. la nuestra sería una carabela holandesa motorizada que haría escala en Curaçao. caminaríamos como zombis en un aeropuerto de lujo y luego, a lo largo de una madrugada interminable sobre el Atlántico flotaríamos entre desayunos, almuerzos y cenas. tanta comida seguida después de la escasez daba repugnancia, y casi todos nos pasaríamos el vuelo vomitando, llorando, algunos cantando un himno nacional cubano que a mis oídos infantiles sonaba igual de ridículo y estéril dentro de la inmensa nave aérea como el que hasta hacía apenas unos días tenía que cantar obligatoriamente cada mañana en mi escuela matancera. a partir de ese momento, en medio de océanos de descubrimientos, encontronazos y múltiples choques, sacudidas y temblores culturales tanto como climáticos, a todos los peces finalmente fuera del charco nos faltaría siempre algo. la sensación “pecera”.

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