A propósito de ‘Los viajes venturosos / Venturous Journeys’, de Jesús J. Barquet

Jorge García de la Fe 

Los viajes venturosos / Venturous Journeys (Verbum, 2015), de Jesús J. Barquet, incluye, ahora en versión bilingüe (español e inglés) y revisada, dos poemarios anteriores del autor: El Libro del desterrado (1994) y Naufragios (1998).[1] Hay un hilván temático común en el sujeto lírico que asume este autor imprescindible del Grupo de la Diáspora del Mariel (1980): el paradójico retomar y superar el tema del destierro proveniente de la tradición lírica cubana del siglo XIX (Heredia, Martí), ya que, al mismo tiempo que se extraña y se evoca el suelo patrio, un espíritu aventurero semejante al de los héroes griegos o al de los conquistadores españoles registra que, con o sin regreso a la patria, no hay que quemar las naves en ese viaje incesante hacia los adentros de uno mismo, que es el más apasionante de los exilios.

El intenso periplo barquetiano por Estados Unidos y el mundo —una vez superada “la maldita circunstancia del agua por todas partes”, según escribió Virgilio Piñera en La isla en peso— es un caleidoscopio de comparaciones y contrastes en cuanto a la lectura de la Isla frente al mundo y viceversa. Para el poeta, la patria no es ese concepto limitado a unas matrices geográfica, histórica y política que un patrioterismo barato nos vendía en los matutinos escolares. La patria es el dolor y el goce que se lleva en la memoria afectiva, la cual se manifiesta y disipa no sólo en la interacción con otros cuerpos y realidades, sino también hasta en el iluminante desentendimiento de sí mismo, de la propia envoltura física con que uno se identifica. No es un fatuo flâneurismo el gesto de ese sujeto paseante que camina sin miedo a mutar su piel hasta la propia amnesia. Ya en “Destierro sin ángel” de su poemario Sagradas herejías (1985), Barquet había anunciado este proceso al punto de sentenciar: “No sé ahora ni quién soy / tras este haberme vaciado tanto” (Cuerpos del delirio, 44).

Así como una canción nos puede hacer reconstruir un abejeo de vivencias, encontramos una proustiana asociación entre escenarios y recuerdos en Los viajes venturosos. Siempre se está invocando al paisaje, aun al desértico de New Mexico o al desprovisto de palmas reales de New Orleans, por su capacidad de dialogar con la exuberancia caribeña de Cuba. La mejor síntesis ensayística sobre este poemario de Barquet nos la ofrece el académico Yoandy Cabrera en su prólogo a todo el volumen cuando afirma que Los viajes venturosos ilustra:

esa serie de destierros literales y tropológicos que experimenta el inquieto sujeto lírico barquetiano: destierro geográfico, erótico, escritural, cultural, del recuerdo, de la identidad… En todas las contradicciones que esta summa existencial engendra está el reflejo de una verdad que alcanza cimas a pesar de los desfiladeros: en la negación, en el paisaje que sólo la noche corrige, en el aparente vacío que va quedando al acabar la cotidiana y rododáctila puesta del sol, hay un hombre que observa, escucha, se debate y anota en el Libro. (Los viajes venturosos, 19)

Más que una yuxtaposición hay, en la poesía de Barquet, una indisoluble imbricación de patria, cuerpo, Eros y memoria. Se trata de una búsqueda en la que un históricamente concreto sujeto del deseo es el deseo mismo objetivándose y reproduciéndose en otros cuerpos u objetos afectivos. Ya formulaba en su primer poemario Sin decir el mar (1981), apenas transcurrido un año del éxodo del Mariel, lo siguiente: “mi casa es ese emigrar constantemente de cuerpo en cuerpo, ese hincar y deshincar luego tenuemente las raíces” (Cuerpos del delirio, 11). De esta manera, la experiencia del naufragio existencial del migrante es, al mismo tiempo, amarga y dulce; en fin, es un viaje asumido a sabiendas de sus riesgos. Por eso, a pesar de todo, hay conformidad en “El regreso imposible”:

No te reconocerán ni los perros. […]
Pero no te preocupes.
Que el tiempo y sus premuras te han hecho aborrecer
a los animales,
que tus manos, cansadas de tocar a ajenas puertas,
han cerrado las tuyas,
que ya no te interesa vagar sin rumbo por las calles
y hoy vas directo a lo que buscas, que
diez, veinte, treinta años después
has adquirido otros sabores y aprendido
que el río aquel de la infancia tenía que dar a la mar,
y que sólo el mar es el mismo:
sin tiempo, sin mudanza, sin dolor, sin asombro. (Los viajes venturosos, 65)

Hay en la obra de Barquet una voluntad iconoclasta y desacralizadora ante la noción tradicional de exilio como sufrimiento y pérdida de sí mismo, porque peregrinar no es errar, sino enriquecerse transcultural y transnacionalmente con analogías y descubrimientos. En sus “Palabras preliminares” a la primera sección del volumen —la correspondiente a El Libro del desterrado—, el también académico José F. Bañuelos-Montes afirma que “a Barquet no le interesa asimilarse, porque ni rechaza su pasado y origen cubano totalmente ni se sumerge por completo en la cultura adoptada” (Los viajes venturosos, 24). Por otra parte, el propio viaje del cuerpo por sus estaciones eróticas y etarias son formas paralelas y simultáneas de esa incesante diáspora que es la vida misma como alegoría.

Con Los viajes venturosos, de Jesús J. Barquet, estamos, pues, frente a la mejor de las aventuras poéticas del cuerpo y el alma por las coordenadas de una nueva asunción de la cubanidad y del exilio.

Notas:

[1] Componen la versión inglesa del volumen los poemarios “The Emigrant’s Logbook”, traducido por José F. Bañuelos-Montes y el autor, y “Shipwrecks”, traducido por Gilberto Lucero, Mary E. Wolf y el autor. Además del prólogo general de Yoandy Cabrera, el libro incluye las “Palabras preliminares” de Bañuelos-Montes a la sección “El Libro del desterrado”, y las “Palabras preliminares del poeta cubano Pío Serrano a “Naufragios”.

Obras citadas:

Barquet, Jesús J. Cuerpos del delirio. Letras Cubanas, 2010.

—. Los viajes venturosos / Venturous Journeys. Verbum, 2015.

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