‘Dejemos hablar al viento’: esperando la ola que arrasará con todo

Alicia Louzao

Eterna Cadencia publica en abril de 2019 Dejemos hablar al viento, la última de las novelas dedicadas al pueblo de Santa María firmadas por el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti (1909, Montevideo-1994, Madrid). Onetti fue ganador de diversos premios literarios, entre ellos, el Premio Cervantes (1980) y el Gran Premio Nacional de Literatura de Uruguay (1985). Eterna Cadencia también publicó Juntacadáveres, cuya reseña se recoge en Oculta Lit.

Pintor, médico y comisario, pero fracasado en todos los empleos a los que se dedica, Medina, el protagonista de la obra, sobrevive protegido por la prostituta Frieda: “Te voy a mandar una amiga, Olga, que necesita un retrato urgente como se necesita, supongo, un aborto o un paquetito de heroína, te voy a mandar muchas amigas, las que me sobren” (Onetti 41).

Con Frieda convive y es de esta mujer de quien recibe pequeños oficios, tareas con las que intentar mantener un poco de dignidad en forma de billetes, pues “sus regalos eran empleos, formas de ganar poco dinero, artilugios para que yo olvidara que estaba viviendo del suyo” (Onetti 67).

Así pues, Dejemos hablar al viento es también una historia de mujeres aisladas, mujeres solitarias que pasan ante los ojos de Medina y se presentan como figuras errantes sujetas a una sociedad rancia y hermética, mujeres que abortan y que se prostituyen para tener así un poco de dinero y, al mismo tiempo, mujeres con una libertad que se insinúa en la habitación cerrada. Frieda es ejemplo de personaje femenino cuyo carácter se eleva ante Medina, ya que existe gracias a ella: “Una chica, una mujer, no es una persona, no llega, no pasa de un cuerpo o una cosa. Hasta que se consigue marido y empieza de vuelta la historia que te estuve contando” (Onetti 35).

El fracasado protagonista plasma a sus mujeres en sus retratos, logrando vincularse con ellas, incluso bautizándolas con nombres inventados por él mismo, creando así nuevas identidades que se encierran en el taller de dibujo (en el caso de Olga-Gurisa). Aplicando el poder que le otorga el ejercicio de artista, Medina consigue poseerlas parcialmente. Llega a confesar de Juanina, otra de sus amantes, que “preferiría matarla antes que dejarla escapar sin copiarle el perfil” (Onetti 87). Medina las decapita mediante su oficio, las reifica queriendo trasladarlas al papel. Esto precisamente acontece con Juanina, recién huésped que forma el tándem Frieda-Medina-Juanina en la casa de la primera, y raíz de discusiones de la pareja. Ante uno de los ataques de la prostituta, el protagonista confiesa: “te dije que solo quería pintar esa cabeza” (Onetti 93), como quien quiere un juguete que observa en el escaparate.

Asimismo, hay espacio para el amor en la compleja mente de Medina, que imagina y sueña con Juanina “pequeña, encogida y friolenta, buscando a los pescadores, buscando herir al mundo y, tal vez, de paso, herirme a mí, dormido, ausente, arropado, incapaz de quererla como ella había imaginado el amor” (Onetti 115). Mientras, esta recorre la orilla buscando amores de pago con los pescadores cansados de trabajar hasta tarde.

Onetti maneja la pluma con un delicado lirismo que navega entre historias descarnadas de abortos y de supervivencia, personajes que naufragan en su propia soledad. No es de extrañar que esta destreza se desvele especialmente al abarcar el oficio de pintor de Medina, pues es en estas descripciones donde el autor uruguayo puede dar rienda suelta a las imágenes más poéticas. Sirva como ejemplo el proceso de creación del protagonista, que se recoge en el siguiente símil: “la cabeza, el perfil, la línea de la nariz, comenzaron a llegar tan abundantes como cuando uno se sienta en un banco de plaza y se rodea de granos para atraer palomas” (Onetti 109). O en el momento en el que el autor permite hablar al pintor para que confiese “ahora yo quiero una ola, pintar una ola. Descubrirla por sorpresa. Tiene que ser una ola blanca, sucia, podrida, hecha de nieve y de pus y de leche que llegue hasta la costa y se trague el mundo” (Onetti 76), desvelando así uno de los mayores deseos más arraigados en la mente de Medina.

A pesar de esta estrecha relación con el mundo de la pintura, uno de los principales oficios del protagonista, como artista Medina se define “dibujante de un círculo del infierno como todas las agencias de publicidad, departamento de arte” (Onetti 65).

Como guiño, Onetti introduce la figura de Larsen, apodado Juntacadáveres, el personaje que ejercía de proxeneta en la obra del mismo nombre. Medina se encuentra con él cuando desempeña otro de sus oficios, el de comisario. Es en este empleo en el que el personaje principal revela con fuerza uno de los rasgos que más le definen: el de intentar ser Dios. Como comisario de Santa María, Medina percibe el pueblo como “la carcoma, la pobreza, la irónica herencia de una generación perdida en coches sin recuerdo, en la nada” (Onetti 223). Cuando uno de los personajes se plantea el porqué ha decidido Medina regresar a este pueblo, advierte que quizá le atrajo el olor a mugre.

“Sufrimos de dermatitis, cada día se nos cae un pedazo de piel, o un recuerdo. O también un cornisa. Cada día nos sentimos más solos, como en el exilio” (Onetti 224). Onetti, casi como un visionario, en 1979 ya definía a la perfección el sentimiento de aterradora angustia que siente la generación de este nuevo siglo, definida por Bauman como “la era de la sociedad de la modernidad líquida” (Bauman 30).

El hombre que se topa en un mundo podrido y que camina hasta la completa autodestrucción, o esperando quizás esa ola blanca y llena de pus que acabe con todo.

Obras citadas:

– Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. Fondo Cultura Económica, 2004.

– Onetti, Juan Carlos. Dejemos hablar al viento. Eterna Cadencia, 2019.

 

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