Imágenes de un mundo no tan lejano: poesía cubana y orientalismo*

Pacelli Dias Alves de Sousa

“Je planai dans ma jeune fataisie sur l’aile de l’ancien oiseau árabe Rock, parmi les génies et leur charme ne me mouvant plus cher les hommes”

Mallarmé sobre Beckford, en su Préface a Vathek

En un ensayo dedicado inicialmente a la memoria del General Lachambre y, en consecuencia, a un viaje a Cuba, Rubén Darío narra también un encuentro con el poeta cubano Julián del Casal en un banquete con algunas autoridades chinas en la isla, en 1882: en cierto punto, toda la abundancia y la glotonería se interrumpió debido a las ganas de un grupo de amigos, entre los cuales estaban Darío y Casal, de examinar la mueblería y un conjunto de objetos asiáticos que decoraban el ambiente, las “chinerías y japonerías, los parasoles, los trajes de seda bordados de dragones de oro, los ricos abanicos, las lacas, los kakemonos, y surinomos en las paredes, los pequeños netskes de Japón, las armas, los variados marfiles”, seguido por el enfoque en las reacciones del poeta cubano frente a este mundo, “el pobre y exquisito artista […] gozaba con toda aquella instalación de preciosidades orientales: se envolvía en los mantos de seda, se hacía con las raras telas turbantes inverosímiles”. El contacto extrapolaba los propios objetos en dirección a las representaciones que se veían estampadas en sus contornos. Un mundo ajeno se delineaba y parecía crear un deseo de huida, se volvía visible otra vida para los poetas: un reino de imágenes tanto para el latinoamericano ya bastante viajado, como para el poeta fijado en Cuba, a su vez un maldito, de muerte inesperada y precoz –que como Redford escribió cierta vez y Mallarmé lo trajo a la luz oportunamente– se perdía soñando con estos motivos retóricos, estos topoi tan occidentales sobre un amorfo Oriente.

La construcción del Oriente, sus representaciones y sus seducciones en el Occidente, son tema antiguo y hace mucho son objeto de controversias en el pensamiento crítico.  Un punto central de la discusión fue la tesis desarrollada por el filólogo Edward Said, en su clásico Orientalism (1978). Al enfocar la producción académica y literaria  europea sobre el Oriente en el siglo XVIII especialmente hecha entre Francia e Inglaterra –y así la propia constitución del Orientalismo como área de estudios y especialidad– el autor puso en cuestión la diferencia entre la representación europea del Oriente y los movimientos que veía en la cultura islámica, diferencia que sostendría una relación de poder.

El orientalismo, y por consiguiente el establecimiento de una esencia oriental que debe ser conocida y analizada por especialistas, sería una estrategia de colonización y dominación de los pueblos subalternos desde Europa, en especial si tenemos en vista el período imperialista estudiado por el crítico. Por su vez, la literatura no ha sido excusada del proceso, por lo contrario, el autor sostiene que tuvo papel especial en la construcción de un lugar común oriental y, así, en la manutención de la estructura de dominación. La crítica mordaz de Said, que también pasa por el Vathek de Beckford y por Mallarmé, fue recibida y estableció sus raíces en la academia, no solo entre aquellos que estudiaban el Oriente Medio o la retórica europea en el siglo XVIII, sino entre todos aquellos que se encargaron de discutir el lugar de las naciones poscoloniales, sus relaciones con las antiguas metrópolis y la relación entre discurso, texto y los pueblos subalternos, o más bien subalternizados, en distintos lugares del globo.

Si el texto fue importante y dejó huellas en el discurso académico y crítico en general, por otro lado, no estuvo inmune a las críticas, que comentaron, por ejemplo, la radicalidad de la postura, que no traería a colación determinados matices de la conexión entre Oriente y Occidente, o más bien, de sus representaciones, lo que posiblemente pondría en jaque la defensa estrecha de la tesis de Said. De todos modos, se trata de un punto importante de la discusión, que debe estar en juego cuando hablemos de representaciones “orientalistas” de manera general. A lo mejor, no leído de manera estrecha, sino actualizado a las cuestiones que proponen otros objetos, que no sean aquellos que originalmente constituían el corpus del autor palestino.

En Caribe Oriental. Antología de poesía cubana orientalista, específicamente,  el lector encontrará un conjunto de poemas producidos tanto en Cuba como en el exilio, entre los siglos XIX y XX, que se dedican a la retórica del orientalismo y las imágenes del mundo asiático.  Así, entran no solo aquellos tópicos que Said consideraba propiamente orientalistas, sino también motivos indianos, japoneses y chinos, cruzando autores y autoras de distintas tradiciones y proyectos estéticos, como encontrados en investigación y selección para la antología, primera respecto al tema. Si la antología abre caminos para pensar cómo es representado el Oriente en la poesía cubana, lo hace también para pensar de modo más general visiones sobre la cuestión en el sur global, y posibles inflexiones del tema hasta una poesía más reciente.

Vale notar que, en el conjunto, China adquiere un lugar diferenciado debido a su papel histórico en Cuba, ya que los chinos fueron traídos en grandes grupos para el trabajo manual en los ingenios en el siglo XIX, y constituyen expresiva presencia cultural y demográfica. Entre uso retorico y cuestión histórico-social: del “miedo chino” que aparecía en Saco hasta las reivindicaciones de identidad en el siglo XX, cruzando el genocidio imaginario narrado por Hernández Catá en su Los chinos, la población de China constituyó  una presencia particular en la cultura de la isla más grande de las Antillas.

En lo que se refiere a la selección, la travesía propuesta por Caribe Oriental pasa por dos autores importantes del modernismo hispanoamericano, y así de la renovación de la literatura en lengua española: José Martí, que aparece en la antología con “Árabe”, y Julián del Casal, con su “Salomé”. Ambos autores constituyen un bloque que trabaja un orientalismo más “tradicional”, estructurado en un nuevo trabajo en el nivel del lenguaje. Sin embargo, la fascinación de Casal por las imágenes chinas y japonesas, tal como narraba Darío, no se restringe al autor o al modernismo, sino que aparece con fuerza también en Néstor Díaz de Villegas, a través de su lectura de las películas del director tailandés Apitchapong  Weerasethaku, y en el Oriente politizado de “El jarrón” de Nicolás Guillén.

Aparece también un orientalismo benevolente de comienzos de siglo, tal como parece ser el caso de Regino Pedroso en “El héroe de Tsing Tao”, tomado de El ciruelo de Yuan Pei Fu, libro en que pone en relieve su ascendencia china, que no lo saca a su vez de los nudos de la retórica orientalista. El enfoque de la identidad tiene papel especial en Severo Sarduy: si en Pedroso, sin embargo, la reflexión adquiría un papel más personal, en el caso de la escritura de Sarduy hay una preocupación más declarada por el papel de los chinos en la formación de la identidad cubana. Por otro lado, están presentes también José Lezama Lima (“Sobre un grabado de alquimia chino”) y Virgilio Piñera (“Treno por la muerte del príncipe Fuminaro Konoye”), en los cuales el orientalismo aparece como parte de reflexiones metafísicas y existenciales, en este orden. El inclasificable Lorenzo García Vega colabora con un poema en prosa, “Haikú mañanero”, mixto de ejercicio de escritura y provocación metalingüística sobre la conocida forma japonesa.

Ya entre los más contemporáneos, aparecen Carlos Aguilera y su China textual recortada por los discursos de Mao Tse Tung y las lecturas de Pound y Fenollosa,  así como la China cercana y tangible de Pedro Marqués de Armas y de Reina María Rodríguez. Para terminar, vale la pena mencionar la compleja propuesta de Omar Pérez: si parte del orientalismo envuelve a tratar al otro a partir de términos propios, ¿cómo entender la Cuba zen dibujada por los poemas del autor?

Más allá de los conceptos, pasear por la antología implica percibir repeticiones, inflexiones, desvíos, movimientos diversos y complejos, así como lo son en general los choques culturales. Implica además pasear por distintos proyectos poéticos y estéticos de la literatura cubana. En este sentido, más interesante que agotar el tema es embarcarse en las posibilidades y caminos que lo cruzan.

* Versión en español del prólogo a Caribe oriental. Antología de poesía cubana orientalista (Malha Fina Cartonera 2018) cuya selección estuvo a cargo de Idalia Morejón Arnaiz y Pacelli Dias Alves de Sousa.

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One thought on “Imágenes de un mundo no tan lejano: poesía cubana y orientalismo*

  1. Bárbara

    VERANO DE 1893 HOJAS EN LA NIEVE
    Bárbara Yera León

    Estanques fabricados por Dios
    o los glaciales,
    devuelvan al hombre su creencia,
    la Isla donde una vez
    hubo una iguana
    que anunciaba el nuevo día.

    Yo viví en ese tiempo
    fui famosa junto al tísico
    que trajo el Japón a mercaderes.
    Ah Julián triste e inhibido
    porque no visitantes los burdeles
    el joven de amarilla piel
    te esperaba.

    Ayer supe de ti
    por un amigo,
    pero ya casi no existo.
    Tuve que volver al libro mutilado
    y los helechos
    que invaden mis portales
    te darán melancolía.

    Ya es tarde Casal
    deje sobre tu fosa el cáliz de la ninfea,
    no sentí frió
    lo que me hiela es otra cosa.

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