“Mi orden es mi lío” o cómo plagiar una antología*

Néstor Díaz de Villegas

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PORTADA_SPOON_RAVENEn una canción del álbum El hombre que vendió el mundo (1970), David Bowie aparece bajo la guisa de un joven juglar. El cantante maldice a su maestro, se aparta del vulgo y baja por un “largo y angosto sendero”, acosado por insistentes rumores que anuncian su “envejecimiento prematuro”.

Más adelante, tropieza con un monstruo que duerme de­bajo de un árbol y que resulta ser su doble. Urgidos por re­solver el dilema, el viajero y su sombra consultan a un pájaro negro posado en una rama. El ave fúnebre, “rebosante de felicidad”, suelta una carcajada y pía: Kahlil Gibran.

Por oscuros callejones, la poesía de Dolan Mor queda vinculada al cancionero de los trovadores británicos de los años setenta, el período que enmarca la infancia del escritor. Al rastrear influencias miramos automáticamente al pasado y, en el caso de Antología de Spoon Raven, a la obra seminal de Edgar Lee Masters: Spoon River Anthology (1915). Pero, así como la escritura de Mor requiere una lectura transversal, recelosa de géneros (literarios, musicales, nacionales, o de cualquier otro tipo), la cuestión de los antecedentes deberá ser tomada aquí con un grano de sal.

Hay sonidos, temas y antiguas metáforas posados en los árboles de un bosque que no vemos. Los juglares modernos se hacen invisibles y, aunque se vistan de monstruos, quedan fuera del canon. (Lección para debutantes: ¡que Bowie no sea reconocido como un poeta metafísico!) Cuando se trata de pájaros fúnebres, acudimos a Ted Hughes, Poe y Vallejo.

Sin embargo, de allí llega la música de fondo que de­tectamos en la poesía de Mor. Tal vez Bowie sea el más influyente poeta inglés de la segunda mitad del siglo XX, y demasiado tarde la academia sueca le otorgó el Nobel de literatura a Bob Dylan. Tanto Dylan y Bowie como el mis­mo Dolan, encarados a sus dobles en un recodo del camino, arrojaron las máscaras de Robert Zimmerman, David Jones y un aprendiz de brujo de Zaragoza.

En un reciente avatar, Dolan sale a escena con gorra Kangol. Se deja crecer la melena debajo de la toca, en el es­tilo conocido como “greñas” o “farru”, en España, y “mota paisa”, en Colombia, y la boina deviene un emblema poéti­co, especie de yelmo con visos de bisoñé.

Porque no hay dato superfluo en el espectáculo total lla­mado “Dolan Mor” (el demonio de su escritura reside, pre­cisamente, en esos detalles), y estoy convencido de que, sin tomar en cuenta la construcción del personaje tragicómico, sin considerar los entrecruzamientos de avatares y realidad, cualquier lectura de Antología de Spoon Raven quedará lamen­tablemente incompleta.

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No conviene extraviarse: en Spoon Raven estamos a años luz de Spoon River, comarca ficticia del estado de Illinois, y más lejos aún de la poesía norteamericana de los años veinte. Para rastrear imágenes de la segunda década del pasado si­glo afines al discurso de Dolan Mor, tendríamos que dejar atrás el cementerio apócrifo sobre el río Cuchara y remitir­nos a las composiciones juveniles de una cierta Laura Riding (1901-1991), poemas en los que la dicción y la sensibilidad modernas entran en crisis: solo Laura hubiera podido en­carnar a la Nora Lod de Maladie Bleue (2010), un poemario escrito por la replicante de Mor.

De vuelta al fenómeno Dolan: lo vemos en la librería Fnac de Madrid recitando al revés un poema suyo, e increí­blemente –según consta en el video de YouTube–, los espectadores parecen entender el discurso leído en bustrófe­don. Hubo un instante de hace cuatro décadas en que toda la Tierra habló en Mor: es el episodio en que Clark Kent (Superman, 1978), empeñado en devolverle la vida a Lois Lane, hace rotar el planeta contrasentido. La escena explica el principio de complementariedad que vincula las personas de Lod y Mor (dos estados de un mismo sistema) y la fasci­nación que el lector desprevenido pueda sentir por un libro “bipolar”, en la acepción nueva que ese modismo toma en el vocabulario de la Antología.

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No es solo un poema, sino todo el libro lo que marcha a contracorriente. Dolan Mor ha dicho en una entrevista que quisiera “apretar la tuerca de la poesía hasta que se rompa, o se vaya de rosca”. Pero no existe poesía sin ruptura: verso y strófedon denotan, respectivamente, ‘“dar vueltas” y “hacer girar”, ya sea el mundo o la tuerca. Algo debe romperse para que algo pase.

Dolan Mor entiende que toda lectura de poesía compor­ta una caída en el cliché, que es también la caída del lector en la escritura. El lector es un a priori, y su deseo, su búsqueda, provocan una reacción alquímica en el texto: así lo escrito se transmuta en experiencia, y la experiencia en materia, en verbo encarnado. El misterio consiste en que palabras idénticas consigan decir cosas distintas a cada quien.

Mor busca lugares comunes que han devenido lugares sa­grados. En la pieza “Blake escribe una versión del poema ‘Para hacer el retrato de un pájaro’ de Jacques Prévert”, se apropia, al mismo tiempo, de la poesía metafísica y de la vanguardista. Gracias a Dolan Mor, Blake atrapa por fin al tigre en una jaula ten­dida por Prévert un siglo y medio más tarde. Todos arriban juntos a la solución de una paradoja que había eludido a los investigadores (Rilke inter alias) interesados en las simetrías heráldicas.

Mediante un acto de prestidigitación, Dolan mete al ti­gre en la jaula de pájaros; la advertencia de Prévert cobra sentido únicamente al ser transcrita por él: “effacer un à un tous les barreaux / en ayant soin de ne toucher aucune des plumes de l’oiseau” (“Después borra con agua, uno a uno, todos los barrotes, / pero cuidado no apagues, sin querer, alguna llama del tigre”). Transformada en meditación sobre el tema del erasure, la paráfrasis emula en sutileza a sus modelos. Es un golpe de efecto y un golpe de estado. Dolan Mor no usa palabras que no hayan sido escritas antes por otros, lo cual representa el cumplimiento de un aspecto importantísimo de su programa.

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¿Queda algo cubano en estas canciones polígrafas? A partir del segmento “Schuster ordena los fragmentos después de”, comienza una nueva situación prosódica. Los fragmentos adoptan una estructura que recuerda el heptasílabo, lo cual probablemen­te sea una clave numérica, aunque en la puesta en escena de la Antología denote la presencia de una cuerda nativista. La patria entra de la mano de la estrofa y el estrambote.

Debajo del manzano

metimos ahora el habla

matamos ahora el Logos,

cribamos en el juego,

la lógica es la boca

de la mente, sin letras

He arreglado de manera estrófica unas declaraciones que aparecen originalmente de modo continuo. Detrás de los diez acápites que integran la pieza “Schuster ordena…”, viene un soneto titulado, sucintamente, “Hoy estoy”. En selecciones previas, Dolan había prescindido de la forma, o de cualquier  otro tipo de acicalamiento prosódico, pero, a partir del so­neto, introduce una nueva categoría de paráfrasis.

La idea del desorden (o del orden “después de”) remite a un cierto locus poeticus cubano y requiere elucidación. El dicho “me desordeno” (“amor, me desordeno”, etc.) ocurre en la pieza homónima de la poetisa matancera Carilda Oliver Labra (1922), que Dolan cita textualmente (“me siento aho­ra butaca, prendo el ordenador, me desordeno”, p. 63). Es el desorden simbolista de la poesía neorromántica, cu­yos antecedentes están en José Ángel Buesa, autor de Oasis (1943), un poemario que “es sin duda uno de los libros de poesía más leídos en Hispanoamérica, superado en popula­ridad tal vez solo por los Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), de Pablo Neruda”, según afirma el en­sayista Gustavo Pérez Firmat en su clásico estudio sobre Buesa y la “poesía del sentimiento”.

El programa de Dolan quedaría trunco si no apelara tam­bién al sentimentalismo:

El discurso que mueve

con sus signos la polea

de los sentimientos

se borra al hablar.

Se apaga el

mel (o) drama de la vida.

El actor melodramático necesita de la ficción declamato­ria: “Solo, solitario en soledad desolada”, y “Solo, lositario, en losedad soleada” (p. 67). Si en Dolan hay trazas de glam, también las hay de una cierta poética decadentista anterior al desastre social que lo arrojó al mundo y que aparece aquí como el idioma de una “bella época”. Una vez consumado el doblaje de Buesa y Carilda –el Escila y Caribdis de la se­mántica cubana– puede decirse que el simulacro Mor está completo.

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Un típico ejemplo del efecto Droste aparece en la carátula del álbum Ummagumma (1969), de Pink Floyd. Hay un es­pejo que refleja la escena de una habitación donde David Gilmour está sentado en una silla. Por la puerta del fondo puede verse un prado y, en perspectiva, a los demás miem­bros de la banda. A cada iteración, los músicos intercambian posiciones en el reflejo.

Algo similar sucede con el poema “Después de Heráclito”, re­cogido en la presente Antología. El texto aparece por primera vez en Después de Spicer (Aduana Vieja, Valencia, 2013), pro­logado por Mor, que lo atribuye al poeta y pintor peruano Omar Baranas (Lima, 1968-Madrid, 2011). En tomos su­cesivos ocurrirán nuevas atribuciones y posicionamientos, mientras que el marco referencial permanecerá idéntico. En la literatura dolana, cada heterónimo ocupa, estocástica­mente, la silla de Gilmour o el paisaje de fondo.

Escogido para Antología de Spoon Raven, el poema cam­bia de formato, descarta el diseño vertical para asentarse en un bloque de texto. La pieza sufre aún otra metamorfo­sis: ahora es parte de un metatexto, un trozo seleccionado por alguien de nombre Schuster, que probablemente sea el responsable de su transferencia y proyección. El adverbio “después”, reiterado obsesivamente, parece desdoblarse en abismo por efecto Droste.

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En el segundo tomo de Después de Spicer (2014), aparece una dupla de nuevos replicantes: Cezar Nimic, autor de El estu­por, o imitación de Blanchot, y la poetisa D. Aaleahya, nacida en Bombay, y autora de Soplos (no incluido aquí). De esta últi­ma es el delicioso versículo “En mi desorden confluye mi orden”, escrito en español e hindi, que el motor de Google traduce como “Mi orden es mi lío”:

El cantante de tangos Alfredo Belusi y el escritor bonae­rense Daniel Samoilovich, figuran también como simples es­cáneres o plagios, no como avatares. En cuanto al Spicer del título, se trata, obviamente, del poeta angelino Jack Spicer (1925-1965), con quien Dolan comparte visiones y frecuen­cias extrasensoriales. Porque Después de Spicer –magnum opus de Mor– es, entre otras cosas, la transliteración y el duplicado de After Lorca (1957), o Después de Lorca, o más precisamente, A la manera de Lorca, un cuaderno de traducciones y cartas apócrifas del vanguardista californiano. Dolan Mor canaliza a Jack, y se declara sucesor y trasunto de un poeta muerto que el crítico Richard Ellmann, biógrafo de James Joyce y Oscar Wilde, ha descrito como “un vate infeliz, obsesionado con posibilidades que muy pocas veces pudo realizar”.

En un fragmento de “Dolan Mor escribe un diario desde su tumba” (p. 56), encontramos el siguiente dístico, fechado el primero de noviembre del 2026:

construí con las vendas

de mi cráneo una casa en el aire.

El que construye con vendas “una casa en el aire” (“ino­culo en la arena del desierto mi nido, pero no pongo el hue­vo”, p. 63) no es otro que el raven del título: es el cuervo de “Frost, Pasternak o Edgar Allan Poe” (“Plagio Carver o After Raven”, p. 31), e incluso, “uno de los cuervos de Homero, vestido de sangre”. El discurso del ave de la muerte queda disperso en el texto a manera de enunciado universal, y fun­ciona como matriz, suma y producto de valores que ciñe el libro como un anillo.

Pues lo que Dolan llama “antología” es, en realidad, una superposición de estados sin correspondencia alguna con la taxonomía de laúdes o analectas. Ha sido concebida desde el más allá por el mismo Mor, que canaliza a los fieles difuntos y habla “después” de ellos, es decir, a la manera de ellos, por intermedio de ellos, por lo que puede decirse que lo que tenemos en las manos no es un florilegio, sino un camposanto, un campo magnético y un cadáver exquisito. La antología usurpa el lugar del cementerio; y todo cemen­terio –lo dijo Lee Masters– no es más que una glorificada antología.

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cuatro

Cada cosa es como es. Nada se inmuta sin mi consentimiento.

Un leve fruto no madura si no doy la orden, pero mi poderío reside en no darla.

doce

La ignorancia es un espejo de lodo al que entro y del que salgo en silencio

sin mancharme nunca el ropaje blanco.

Al considerar, fuera de contexto, los epigramas del segundo tomo de Después de Spicer, debidos a la pluma de la poetisa D. Aaleahya, autora de Soplos y alias de Baranas, pudiera creer­se, sin demasiado esfuerzo, que se trata de páginas arranca­das de un genuino libro de sabiduría. Como toda literatu­ra devocional, estos epígrafes conmueven y aleccionan, ¿y quién sabe si un día sus extraños preceptos no llegarán a ser atendidos y reverenciados como autoridad? Indudablemen­te, alguien podría volverse adicto a su ironía, creyente de su simulacro, intérprete de su irracionalidad. En otras palabras: alguien podría creer en Dolan.

En cualquier tiempo de confusión, el pájaro de Poe, sol­tando una carcajada, pudo haber dicho: ¡Dolan Mor!, y no es inverosímil que en el futuro, unos libros opacos y desternillantes, canalizados por los espectros de elusivos plumíferos, vengan a ser tomados por el logos espermático, el salterio esperpéntico de otro profeta o los palimpsestos de alguna secta. Por ahora, llegan a nosotros como el testamento de un autor de culto.

Néstor Díaz de Villegas

Los Ángeles, junio 2018

Notas:

* Deinós celebra la reciente aparición del poemario Antología de Spoon Raven de Dolan Mor en España por la editorial Candaya, publicando el prólogo del mismo firmado por Néstor Díaz de Villegas.

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