El Edipo latinoamericano más allá del principio del placer. Conversación con Alberto Moreiras

Yoandy Cabrera

Alberto Moreiras

Image result for marranismo e inscripciónEl volumen Marranismo e inscripción, o el abandono de la conciencia desdichada de Alberto Moreiras, publicado por Escolar y Mayo Editores en 2016, podría leerse como una proyección hacia la “posibilidad mítica”, que busca ubicarse “más allá del principio del placer”, del culturalismo y de las especulaciones identitarias, opuesto al “latinoamericanismo del yo”. En el capítulo tres, titulado “La fatalidad de (mi) subalternismo”, el autor toma a Edipo como reflejo de un (im)posible ejercicio crítico y teórico latinoamericanista. Aunque Moreiras evade, tanto en el libro como en este diálogo, equipararse a Edipo, lo cierto es que narra y ensaya su experiencia en el campo académico del latinoamericanismo en los Estados Unidos desde una posición edípica, pues declara que “una vez me arranqué los ojos latinoamericanistas” para terminar como el personaje sofocleo: “ciego pero viendo”. En un libro intensamente confesional, catártico por varias razones, Edipo es visto como la posibilidad de “la apoteosis de un inconsciente poscolonial latinoamericano”. Pero antes de llegar a ello, dice el autor, “el Edipo latinoamericano debe arrancarse los ojos para poder empezar a ver”.

Yoandy Cabrera: Desde la experiencia personal, opones al “nosotros” latinoamericanista y legitimado, tu individualidad edípica, tu verdad aprendida en un proceso amargo: el del campo de estudios en cuestión en la academia norteamericana. ¿Cuál es, entonces, para ti, la función de ese Edipo en tanto pensador?

Alberto Moreiras: Edipo es en realidad la figura arquetípica del filósofo antes de la filosofía –pero hablamos no del Edipo joven y gallardo capaz de aceptar el reto de la Esfinge y de vencer en duelo de espadas a un extraño que le impide el paso, sino del Edipo dañado, descosido, herido, mayor ya, que se ha arrancado los ojos para dejar que un tercer ojo emerja. Ese tercer ojo es también el ojo de la relación con la muerte.  Recuerda lo que decía Montaigne, que filosofar es aprender a morir. Yo añadiría que es también aprender a vivir, o sobre todo aprender a sobrevivir. Mi Edipo –es decir, el Edipo que aparece como personaje en Marranismo e incripción, y con el que yo explícitamente no quiero compararme, pues el personaje me desborda con mucho, pero lo invoco como referencia debida– es el Edipo de Edipo en Colona, en el huerto de las Euménides, lucus a non lucendo, una especie de zombi en el sentido preciso de hombre que ha sobrevivido a su propia muerte: el filósofo. Digamos que nadie que no haya pasado por la experiencia de sobrevivir puede llegar a ser más que un filósofo de pacotilla o fosfatina, de caramelo o plomo. Pero si le ha ocurrido, ese alguien que resta es alguien que piensa y que debe pensar ya más allá del principio del placer, sin duda, es decir, más allá del mero ejercicio del deseo o de un deseo acomodado al principio de realidad. Si nuestro campo profesional puede ser definido –lo digo en el libro bromeando, pero a lo mejor habría que decirlo con seriedad mortal– como un latinoamericanismo del yo, ego-latinoamericanismo, entonces yo por supuesto me siento en el otro lado de las vías del tren, en la acera diametralmente opuesta.  Y de allí rehúso levantarme, a menos que alguien diga la palabra adecuada. Lo cual no pasa nunca. En fin, mi Edipo es también el Edipo del Lacan del seminario sobre la ética y del Heidegger de Introducción a la metafísica.

YC: Edipo, latinoamericanismo y deseo, ¿cómo se dilucidan estos elementos? ¿Cómo interactúan entre sí? ¿Cuál es la función del deseo en este Edipo pensador?

AM: Déjame jugar con una ambigüedad: la de los pensadores que no piensan mientras dicen que piensan. El pensador que piensa o escribe desde el deseo es todavía un depredador. No piensa sino que aplica un procedimiento extractivo. En el latinoamericanismo como en cualquier otra actividad que requiera pensar –si es que el latinoamericanismo requiere pensar, lo cual está por decidir. Así, si hubiera un latinoamericanismo pensante, diría yo, y no digo que lo haya ni que no lo haya, ni por supuesto que sea el mío, solo digo que me gustaría que lo hubiera, aunque no fuera entonces ya latinoamericanismo, tendría que ser un latinoamericanismo edípico en el sentido de la respuesta a la pregunta anterior: un latinoamericanismo del tercer ojo.  Mejor, un pensamiento del tercer ojo.

YC: El “Edipo latinoamericano” es también expulsado del latinoamericanismo, y es, como dices, “enviado a paseo”. ¿Lo expulsan o abandona? ¿Qué consecuencias tiene ello para él y para el campo de estudio?

AM: El latinoamericanismo del yo no es otra cosa que la batalla mortal contra el latinoamericanismo pensante –no es otra cosa que la militancia contra la posibilidad misma del pensamiento. Y siempre lo ha sido. Por supuesto que es el hegemónico, y por lo tanto su función final es justamente la de patrullar la frontera para echar a paseo o arrancarle los ojos o bañar en cal viva al que pretenda instalarse en la frontera como morador hiperfronterizo, no sujeto a sumisión. Al que quiera, siempre peligrosamente (pero el principal peligro es para el que quiera), pensar.

YC: ¿Es el “Edipo latinoamericano” un ente infrapolítico, un “no sujeto”? Si lo es, entonces, ¿por qué, en lugar de su concientización de su morada ubicada en un afuera, no perdona que lo hayan mandado a paseo?

AM: A ver: el Edipo latinoamericanista no sería un no-sujeto, no hay identificación entre no-sujeto y pensador infrapolítico, son instancias heteróclitas. Digamos que el lugar del pensamiento no es el lugar político del no-sujeto, aunque tampoco sea el lugar del sujeto. A estas alturas yo ya creo que la infrapolítica y el latinoamericanismo se detestan mutuamente y no quieren saber nada el uno de la otra ni la una del otro. Pero sí, la infrapolítica es también pensamiento más allá del principio del placer, es pensamiento desde la vida podríamos decir dañada (en el sentido específico de que es vida que ha experimentado la muerte y sobrevive a ella: también podrías decir que es por lo tanto lo que resta del daño, lo no-dañado por ende). Ahora bien, esa vida dañada ya no perdona nunca. No entiende la necesidad del perdón, porque ya no quiere tratos con aquello que sería plausible perdonar o no perdonar. El que perdona, cuando perdona, es el hegemónico, porque para él no tiene coste –más bien al contrario, lo costoso es no perdonar. Pero no hay perdón posible desde el otro lado –no hay lugar para él.

YC: ¿Cómo ves, en el presente, la función y las posibilidades de acción del “Edipo latinoamericano”? ¿En qué consistiría, para el “Edipo latinoamericano”, sacarse los ojos?

AM: Yo creo que el latinoamericanismo está muerto ya como formación geopolítica, o más bien como formación epistémica que en cuanto tal respondía a una formación geopolítica que ha quedado atrás. Si antes el buen latinoamericanismo podía entenderse como regionalismo crítico, hoy ya nadie quiere hacerse cargo de unas coordenadas de pensamiento que, por obsoletas, resultarán siempre improductivas. Por supuesto la inercia universitaria hará pervivir las estructuras académicas del latinoamericanismo todavía unos años más. Pero las cosas incluso en la universidad (en la universidad que sabe, si puedes encontrarla) van ya por otro lado. Desde luego yo no tengo amigos latinoamericanistas en América Latina –todos los que tengo son profes por aquí, y renuentes. Eso debería enseñarnos algo. Pero, para seguir con la imagen sobre la que tú has querido basar esta entrevista, si el “Edipo latinoamericano” hace referencia a la posibilidad de un pensamiento maduro en castellano y a partir de las coordenadas culturales, de archivo, geopolíticas, o existenciales de cualquier lugar latinoamericano –digamos, un pensamiento desde la Santa María de Onetti, pero ya no desde el Macondo de García Márquez– eso sigue siendo posible. Y raro.  Tan raro como posible y tan posible como raro.  Pero hay que arrancarse los ojos y ver de otra manera.

 

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